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No me importa, no me importa, me enseñó muy bien mi madre. Le diré a mi hija, si es que finalmente la cosa se perpetra y le salpica, que en esa asignatura no se trata de desarrollar su pensamiento, sino de anularlo, que lo que tiene que hacer es memorizar sin intentar entender nada -las cosas de la fe son incomprensibles- y repetirlo tal cual del mismo modo que las tablas de multiplicar, que si le falla la memoria y no recuerda alguna pregunta recurra a inventar la respuesta considerando que dios es un huevo frito y ella una lombriz (si hay algo que enternece a Claudia y de cuya bondad no duda son los huevos fritos), le diré que durante las clases de vez encuando eleve los ojos al techo como si fuera el cielo cuando salen a cenar las golondrinas. Según vaya creciendo le iré explicando una vez más que la educación, si es educación y no una estafa, ha de ser laica, tal y como demuestra la historia. Y si le salpica no le salpicará: los huevos fritos son digeribles. No hay problema.
Otros, los que se lo crean, van a correr peor suerte y, por señalar algún efecto secundario, lo mismo se les corta alguna paja porque masturbarse, hay que ir sabiéndolo o recordándolo ya, es malo, muy malo. En el pecado llevan la penitencia. ¿No están tan contentos porque van a poder comprarse un microondas con la factura por la venta de Europa a los yankis? Es que lo quieren todo. Ale, a votar al PP.
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