Lemuel    jfpoves@yahoo.es Fecha  27/07/2003 20:04 
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Volver al foro Responder Muestrario de elocuciones   Admin: Borrar 	mensaje
 
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1. Consideremos en primer lugar la variedad de elocución huera, la vanilocución de la vanilocuencia propia del discurso político de la clase dominante. Estudiemos, p. ej., los muy grandílocuos editoriales de cualquier diario al uso, los escritos de intelectuales orgánicos o emisores de doctrina tales como Javier Pradera, Vargas Llosa, P. J. Ramírez o Jiménez Losantos. Fijemos la atención, si no, en el vacuo discurso de los propios politicastros burgueses, los Aznares, Zapateros y similares. Tomemos los contenidos sermocinales producidos con ocasión, p. ej., del llamado "plan Ibarretxe" sin ir más lejos. Apliquemos a tales contenidos un ligero análisis semántico reductivo tipo criba de Eratóstenes. Empecemos, v. g., eliminando las Mentiras de todo calibre, con lo que los parlamentos de referencia resultarán sustancialmente reducidos. Tachemos luego las abundantísimas garrulerías y Mamarrachadas, y comprobaremos que apenas sobrevivirá un triste residuo de simples, crudas Infamias. Suprimidas también las Infamias, ¿qué quedará finalmente? Es fácil imaginarlo: ni siquiera una cáscara, solo el recuerdo de una insoportable cacofonía. Habrá sucedido lo que decía don William, much ado about nothing, mucho ruido y pocas nueces.

2. Veamos, en cambio, como ejemplo de elocución muda o supérflua, el célebre caso del matemático Frank Nelson Cole. El hecho, tal como lo refería Martin Gardner en el Scientific American, ocurrió a principios del pasado siglo. El tal Cole, de la Columbia University, había sido invitado a dar una conferencia ante una docta concurrencia de científicos en la American Mathematical Society. Su intervención se anunciaba con un atractivo título: "Sobre la factorización de los grandes números". Empezó, pues, el acto y Cole se acercó a la pizarra, cogió una tiza y escribió que 2 elevado a 67 era, tras restarle la unidad, igual a 147.573.952.589.676.412.927, notable monstruo numérico que a su vez equivalía a 193.707.721 X 761.838.257.287, según lo probó multiplicando de manera rápida y minuciosa. Hecho lo cual, Cole dejó la tiza, se frotó elegantemente pulgar, índice y corazón para sacudirse el polvillo blanco, y se encaminó a su asiento con la cabeza muy alta y sin haber proferido siquiera el clásico "esta boca es mía". Tras unos segundos de estupor, el público concurrente prorrumpió en "bravos" y encendidos e interminables aplausos. Pues Frank Nelson Cole, con admirable economía salival, a cencerros tapados como se dice, acababa de demostrar irrefutablemente la falsedad de una conjetura acerca de los números primos tenida hasta entonces por cierta, y enunciada dos siglos y medio antes por Marin Mersenne, un muy meritorio monje parisino . Lo que ignoraban quienes así celebraron la hazaña de Cole, es que, como él mismo confesó poco después, ¡había necesitado alrededor de 20 años de su vida para poder llegar a escribir en la pizarra ese bien articulado chorretón de cifras! No sé yo si, pese a la muy encomiable taciturnidad de la ceremonia, no fue aquello una especie de parto de los montes.

Son dos tipos contrapuestos de elocuciones y de elocuencia. Una embrutecedora elocuencia deliberativa, hecha de huera, deleznable faramalla verbal, y una elocuencia demostrativa o epidéctica de contundencia demoledora pese a, o incluso debido a, su inteligente afonía.

3. De elocución frustrada podríamos hablar (y con esto termino, aunque sin agotar, desde luego, la casuística) a propósito de lo que nos cuenta Larra en uno de sus mejores escritos. Con la calomardiana Ley de Imprenta a la vista (Art. 12. No se permitirán "máximas o doctrinas que conspiren a destruir o alterar la religión, el respeto (...) al Trono, el Estatuto Real y demás leyes fundamentales de la Monarquía"), el buen Fígaro se dispone a escribir el artículo periodístico con el que se gana la humilde manduca. "Doy el caso que me ocurra una idea que conspira a destruir la religión. La callo, no la escribo, me la como. Este es el modo". A Fígaro le ocurriría entrar en el examen de esto o aquello, criticar incluso la Monarquía, pero se llama aparte y dice para sí: "¿No esta clara la ley? Pues punto en boca." Ya que razona: "Es verdad que me ocurrió, pero la ley no condena ocurrencia alguna. Ahora, en cuanto a escribirlo, ¿no fuera una necedad? No pasaría. Callo, pues; no lo pongo, y no me lo prohiben." Impecable argumentación. Finalmente, examina Fígaro su artículo. "Con el reglamento de censura a la vista, con la intención que me asiste, no puedo haberlo infringido. Examino mi papel; no he escrito nada, no he hecho artículo, es verdad. Pero en cambio he cumplido con la ley. Este será eternamente mi sistema; buen ciudadano, respetaré el látigo que me gobierna, y concluiré siempre diciendo: Lo que no se puede decir, no se debe decir."

Pobre Larra. Qué premonitorio lo suyo. ¿Un heraldo de Wittgenstein? Más bien de muchos de los mejores periodistas vascos en la nueva borbonada parafascista. Una auténtica pesadilla, esto de los ciclos históricos.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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  • » Muestrario de elocuciones « - Lemuel - 27/07/2003 20:04 


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