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Increíble.
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Gracias, Sintética, por esas líneas de Erich Fromm. Sin embargo, voy a hacerte una objeción a algo que has hecho implícitamente aquí y explícitamente en nuestras conversaciones: analizar a Bush bajo la óptica de Fromm.
Simplificando, tu tesis es que la personalidad de George W. Bush guarda muchos paralelismos con la de Hitler. Mi postura es que entre ambos caracteres no existen semejanzas significativas. Voy a intentar argumentarlo.
El eje central de las aportaciones de Erich Fromm se basa en sus estudios sobre la personalidad autoritaria. Una serie de rasgos personales y biográficos configurarían un modo de ser despótico. Para Fromm, uno de los aspectos decisivos en este punto es la infancia, y en concreto el hecho de haber tenido un padre autoritario que se comportara con nosotros de forma tiránica. Esta opresión, aliñada con episodios de violencia doméstica, desprecios y humillaciones, sería el caldo de cultivo de un resentimiento que luego se podría vehicular de diversas maneras.
El análisis biográfico de muchos de los máximos responsables del Tercer Reich, la Alemania nazi, que el propio Fromm utilizó como fuentes, sirvieron para explicar el totalitarismo desde el punto de vista psicosocial. En la actualidad, con matices y otras aportaciones complementarias que suplen algunas insuficiencias, las teorías de Fromm siguen siendo válidas para explicar ciertos tipos de personalidad.
En mi opinión —entro ya en el asunto—, Bush no cabe en Fromm. Es decir, que la personalidad del uno no se ajusta, a poco que indaguemos, a los esquemas analíticos propuestos por el otro.
Bush proviene de una familia con bastante trayectoria en la política. Su abuelo fue senador. Su padre, al que conocemos, también fue presidente de EEUU. Estamos hablando de una familia conservadora, con gran poder económico pero con mayor influencia política. Los datos biográficos de George W. Bush, actual presidente, son... increíbles. No es un adjetivo casual, a decir verdad es el más utilizado por todos aquellos que han tratado de analizar a esta persona desde una perspectiva más o menos objetiva, sin buscar de principio el halago o la descalificación.
Utilizando un lenguaje entendible por todos, diré que Bush fue, primero en su infancia y luego en su juventud, un “niño mimado”. No sólo porque tuvo todas las comodidades de una familia adinerada, sino sobre todo porque además disfrutó de la permisividad absoluta de su entorno. Gozó de una adolescencia de alcohol y drogas que dejaría al príncipe Harry, hijo de Lady Di, a la altura de un ermitaño. Fue un estudiante pésimo, que no destacó en ninguna disciplina, y todos los exámenes superados se debieron a la mano de su padre.
En realidad, la vida de Bush hijo ha dependido hasta el momento completamente de la influencia de Bush padre. “Papá” intervino para evitar que mandaran a Vietnam a su hijo. “Papá” le regaló a su hijo una empresa petrolífera y luego un equipo de béisbol. Ambos negocios los arruinó. Estamos ante una persona sin iniciativa, con una capacidad intelectual espantosamente reducida, y en resumidas cuentas, estamos ante alguien no apto para responsabilidades de organización o gestión. Es por ello que muchos observadores, desde sesudos analistas hasta ciudadanos corrientes, han calificado de “increíble” el hecho de que Bush pueda ser presidente del gobierno de EEUU.
¿Quién gobierna entonces ese país? En lo que se refiere a la Casa Blanca, lo hace, como no puede ser de otro modo —a la vista de lo expuesto—, el equipo de Bush: su gabinete y sus asesores, complementados con un grupo de asistentes como por ejemplo Paul Wolfowitz. Son, todas ellas, personas pertenecientes a la extrema derecha, cuadros de mando que llevaban ya tiempo en la Administración norteamericana, pero que hasta ahora habían estado relegados a puestos de tercer o cuarto orden por los presidentes anteriores. Buena parte de esa gente ya trabajaba con Reagan y Bush padre, gobernantes con mayor peso ideológico y sentido político que mantenían a raya a esta bazofia ultraderechista o, al menos, los destinaba a las alcantarillas del país o al patio trasero (América Latina). Toda esa morralla fascista, fundamentalista y gansteril es la que en estos momentos conduce la nación.
Pero volvamos con Bush y Fromm. La criminología actual toma con mucha precaución el análisis de los rasgos faciales de los individuos para dirimir su personalidad. Digamos que no se trata de un recurso muy “científico”, y que suena más a prejuicio decimonónico. Aún así, veamos el rostro de Bush. Seamos sinceros, no es la cara de un “necrofílico”, sino la de un estúpido. Tiene los ojos demasiado juntos, su expresión es caótica, por momentos desgarbada e irrisoria. Su rictus no posee solemnidad, ni firmeza. No trasmite resentimiento. Parece un tipo ausente, sin frialdad pero también muy lejos de resultar cálido. Es el rostro de un estúpido, de un patán.