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Fromm, sobre las narices del trío (necrofilia).
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Ya en 1941, en mi libro “El miedo a la libertad” he realizado un breve análisis de Hitler, por cierto sin entrar a analizar material de su niñez. El intento actual es más exhaustivo y utiliza el último material histórico, su alcance es mucho más amplio. En el primer análisis yo veía fundamentalmente a Hitler como un sadomasoquista, es decir, como un hombre (tal como yo lo concibo) con una ilimitada pasión por el control y el poder sobre otros, pero al mismo tiempo dominado por la necesidad de someterse. Entretanto, he llegado sobre la base de estudios más profundos y perspectivas más afinadas a establecer la presencia de otro factor, que me parece más importante en el caso de Hitler. Lo designo con el nombre de necrofilia. Este es propiamente un concepto que en general solo se aplica ahora a una perversión sexual, pero sigo el ejemplo del gran filósofo español, Unamuno, que en un discurso de 1936 en la Universidad de Salamanca dijo que la divisa falangista “Viva la muerte” es necrofílica. Es decir, lo que yo entiendo por necrofilia en sentido no sexual y no físico, es la atracción por todo lo que está muerto, que no tiene vida, que se encamina al desmembramiento, a la destrucción de las conexiones vitales, la atracción de lo puramente mecánico por oposición al amor hacia lo vivo. Necrofilia significa el amor por lo que está muerto. 'Nekrós' es en griego el cadáver, necrofilia no es amor por la muerte, sino el amor por lo muerto, por todo lo que no está vivo. En oposición a esto está el amor por lo vivo, por todo lo que crece, lo que está estructurado, lo que constituye una unidad, lo no fragmentado.
Y volviendo a Hitler: si uno es totalmente honesto, debe decir: el simple hecho de que Hitler haya desencadenado la guerra, que haya llevado a la muerte a millones de hombres, no es algo que se le puede echar personalmente en cara. Eso lo han venido haciendo sin cesar los generales y estadistas desde hace seis mil años, empleando por lo común la racionalización de que era necesario para la patria, etcétera. Que haya asesinado a hombres indefensos, es ya algo que muchos generales y estadistas, que se embarcaron en guerras, no hicieron. Pero el punto esencial de mi análisis de Hitler consiste en mostrar que era un hombre que en lo más hondo de sí mismo odiaba la vida. Cuando se dice que Hitler odiaba a los judíos, eso es naturalmente exacto, pero también no lo es porque la afirmación es demasiado limitada. Es cierto, odiaba a los judíos, pero también odiaba a los alemanes, pues cuando perdió la apuesta de la guerra y naufragaron sus ambiciones, quiso hundir a toda Alemania. Eso lo expresó una vez ya en 1942: “Si se pierde la guerra, el pueblo alemán no merece seguir viviendo”. Hitler es un ejemplo extremo de necrofilia, aunque su carácter escapó a la percepción de sus allegados pues lo encubrió con su enfática afirmación de la vida, con su conocido saludo: ¡Viva...! (¡Heil!).
Hitler tenía un rasgo en el rostro que tienen muchos de estos necrófilos, una especie de rictus nasal, como si estuviese oliendo algo sucio –pero sin que ese mal olor exista-. Y así ve Ud. que para esos hombres todo lo vivo es más bien suciedad que algo muerto, y que desarrollan una forma totalmente arcaica de relación: el oler, el husmear. Von Hentig ha mencionado toda una lista de casos tomados de la literatura criminológica en los que se observa lo mismo, por ejemplo, muchos hombres experimentan placer con los olores nauseabundos. Eso es muy característico de tales personas. Les resultan “excitantes” los olores a moho o a excrementos y sustancias en estado de putrefacción. Esta perversión puede reconocerse también en la expresión facial. Se nota en el necrófilo que su expresión permanece inmóvil. No reacciona, está como congelado. En el hombre biófilo podemos ver que su rostro se mueve, que resplandece cuando percibe algo vivo. [...]
El rostro del necrófilo no es hermoso porque nunca tiene vida. En el caso de Hitler se observa eso en los retratos y filmes. No podía reír en forma franca y vital. Speer me contó cuán insoportablemente aburridos eran los almuerzos y las cenas con él. Hablaba y hablaba, y en general no notaba que todos estaban aburridos. Y él mismo se aburría tanto que muchas veces se quedaba dormido mientras hablaba. Esto es característicamente necrofílico, no vital.”
Erich Fromm: “En nombre de la vida. Un retrato dialogado”, emisión de SDR el 5/1/1974. En “El amor a la vida. Conferencias radiofónicas compiladas por Hans Jürgen Schultz”, pp. 177-181, Ediciones Altaya, Barcelona, 1993.
No se puede negar que hubo rictus nasal en Las Azores.
“Si no quieres ser como ellos, lee” (creo que el hada Vídeo)
Respuestas (4)
» Fromm, sobre las narices del trío (necrofilia). « - Sintética - 28/06/2003 10:01