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Volver al foro Responder Excelente artículo de Josep M. Colomer - El País - 9/07/03   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Josep M. Colomer es profesor de Investigación en Ciencia Política en
el CSIC.

EL PAÍS | Opinión - 09-07-2003


Varios meses antes de los ataques del 11 de septiembre, el secretario
de Defensa, Donald Rumsfeld, encargó un informe sobre las "estrategias para
mantener el predominio de Estados Unidos", donde preguntaba por "las
lecciones de la historia" de los imperios romano, chino, otomano y
británico. Un brillante historiador británico instalado en Estados Unidos,
Naill Ferguson, ha publicado recientemente una historia apologética de ese
último imperio en la que trata de sacar esas lecciones. Según Ferguson, una
de las principales diferencias entre los británicos del siglo XIX y los
americanos actuales es que los primeros enviaban al exterior a algunos de
los mejores individuos de las élites sociales y universitarias del país, los
cuales se instalaban durante largos periodos, pongamos por ejemplo en la
India (o, para el caso, también en Irak), disfrutando más o menos de las
costumbres locales y adaptándose a las necesidades de la tarea (incluida,
por supuesto, la típica indumentaria colonial). Los americanos, en cambio,
si bien viajan más que nadie, da la impresión de que, una vez han confirmado
que el mundo es diverso y variado y, por ello, más o menos interesante,
pronto llegan a la conclusión de que, al fin y al cabo, poco tienen que
envidiar del modo de vida de otras gentes; una vez terminada la tarea -como,
por ejemplo, expulsar un ejército invasor o derrocar a un dictador-,
enseguida preguntan: "Pues qué, ¿ya podemos regresar a casa?".

El mensaje del historiador británico es que si los americanos no
aprenden del imperio británico del pasado, podrían tener un poder mundial
más bien efímero. Cierto es, desde luego, que los principales imperios
modernos, como los de España, Holanda, Portugal y la misma Britannia, se
construyeron a partir de la emigración desde las metrópolis, mientras que
Estados Unidos no ha sido nunca un país de emigración, sino de masiva
inmigración, y sigue siendo el principal candidato de los descontentos de
todo el mundo como patria de adopción. Quizá por eso el informe de Rumsfeld
había seleccionado algunos imperios entrópicos en vez de prestar atención,
pongamos, al modelo de conquistador español. Si así fuera, habría que
alegrarse, porque indicaría que los actuales líderes estadounidenses no
están pensando en instalar fuera de sus fronteras regímenes de ocupación
permanente que, mediante el trabajo forzado de los nativos, expoliarían los
recursos locales a la manera clásica imperial.

De hecho, el actual predominio americano en el mundo parece que tiene
poco que ver con las anteriores formas históricas de dominación imperial. La
actual política exterior norteamericana de la Administración de George W.
Bush se diferencia incluso del crudo realismo de lucha por el poder que la
inspiró durante los anteriores cincuenta años, especialmente por su énfasis
en un idealismo moral. En vez de ver el mundo como una tierra de nadie a
conquistar o de considerar que todos los Estados se mueven por una misma
ambición de poder y son, por tanto, potenciales rivales o enemigos, los
ideólogos y gobernantes americanos de este momento distinguen entre Estados
buenos y sinvergüenzas, estos últimos agrupados en algún eje del mal; en vez
de aspirar solamente a un balance de poderes entre Estados soberanos que se
neutralicen mutuamente, como en los viejos tiempos de las rivalidades
coloniales, esperan que la liberalización y la apertura de los países
reducirá su agresividad externa; en vez de buscar únicamente la paz como
ausencia de un conflicto mundial -como hicieron los gobiernos que les
precedieron durante el largo periodo de la guerra fría-, afirman que quieren
hacer coincidir los intereses de la gran potencia con la expansión de los
valores de la libertad y la democracia, siempre, eso sí, bajo la supervisión
y la vigilancia de un único poder coercitivo universal.

Otras "lecciones de la historia" que quizá podrían resultar ahora más
interesantes son las que se refieren, no a los modos de dominación, sino a
las causas de la caída de los imperios. En este terreno, una de las
tradiciones intelectuales existentes subrayaría la crisis interna que una
dominación imperial puede acabar provocando en la propia metrópolis. Otro
historiador británico afincado en Estados Unidos, Paul Kennedy, publicó hace
ya algunos años una versión competente de esta interpretación en la que
subrayaba que el exceso de compromisos externos, y especialmente los
crecientes gastos militares, habían arruinado a los sucesivos imperios
modernos, incluidos el español, el holandés y el británico, y, según él, el
mismo peligro podría amenazar a Estados Unidos. Pero Kennedy escribió su
libro en el momento de máximo despliegue militar americano, en el ápice de
la guerra fría durante el segundo mandato de Reagan, mientras que en los
decenios ulteriores la desaparición de la URSS indujo a los gobernantes
americanos a reducir sus gastos militares a menos de la mitad de lo que
habían llegado a ser, como proporción del producto interior bruto. Por ello,
el ligero aumento previsto por la actual Administración no parece que pueda
llegar a convertirse en un factor importante de crisis económica general.

Otra tradición intelectual ha identificado, en cambio, la causa del
declive y la caída de los imperios en la aparición de enemigos y rivales
externos. Pero no parece que Europa, por ejemplo, pueda presentarse hoy en
día como un serio candidato a competir y reemplazar a Estados Unidos en el
papel de máxima autoridad internacional. Tras la recientes cumbres en
Salónica y en Washington, la política exterior de la Unión Europea parece
haber tomado como único modelo de referencia el de Tony Blair durante la
guerra de Irak, es decir, actuar como un fiel aliado de Estados Unidos en
aquellas tareas que la única superpotencia identifique como prioritarias: la
presión sobre los estados con armas de destrucción masiva, los Estados en
descomposición y el terrorismo, incluido mediante acciones preventivas,
según la nueva doctrina acabada de adoptar. Tampoco Rusia, China o Japón
parecen encontrarse en muy favorables condiciones para tratar de balancear
el poderío de Estados Unidos con ambiciones alternativas y establecer así un
esquema de relaciones multilaterales competitivas en el escenario
internacional.

Las amenazas al predominio americano en el mundo no parece que sean,
pues, por ahora, muy graves. Quizá la mayor sea precisamente el terrorismo,
al modo de los bárbaros que, según el clásico relato de Edward Gibbon,
hicieron caer al Imperio Romano. Pero lo que hoy se está construyendo más
parece un nuevo modelo de imperio sin imperialistas, es decir, un poder
mundial que pretende actuar como vigilante y protector de cada uno de los
Estados ante la agresividad de los demás, que el tradicional de un gobierno
efectivo sobre personas y territorios extranjeros susceptibles de ser
derrotados por un ataque exterior. Los historiadores apologéticos suelen
recordar que el modelo clásico de dominio imperial fue capaz, durante el
periodo decimonónico británico, de producir unos cien años de relativa paz
mundial. Pero precisamente por diferenciarse claramente de éste en su
desapego territorial, el actual predominio mundial de Estados Unidos podría
aspirar a una duración incluso mayor.


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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