Fernando Villegas     Fecha  6/10/2003 14:45 
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espués de años de dormir plácidamente o acaso sólo disfrazarse tras el movimiento "antiglobalización" el estruendo de las bombas ha despertado o desnudado un antinorteamericanismo de la más pura y auténtica cepa. Emergiendo a borbotones inunda ya por entero el discurso correcto puesto de rigor en las últimas semanas. Sin embargo y a diferencia de versiones previas los portavoces del actual no se restringen a las filas de la izquierda y del estudiantado, sino abarcan la más versátil zoología jamás antes vista. Están por cierto los estudiantes -en qué causa no están- y las izquierdas, pero a ellos se suman estadistas europeos, religiosos, políticos de centro y derecha, editorialistas y analistas de todo el espectro noticioso, el público medio, activistas de derechos humanos, periodistas, actores y artistas. Esa diversidad, imposible de enumerar por entero, se unifica en la tonalidad absolutamente uniforme de su perorata antinorteamericana.
Quizás la mejor síntesis se la hayamos oído al escritor mejicano Carlos Fuentes. Congestionado de ira, devuelto de súbito al ardor de su juventud, a Fuentes se le hizo escaso el tiempo brindado por la CNN para barbotar su furia antiyanqui. El fulminante sin duda fue la invasión de Irak, pero lo que le brotó del alma se remonta probablemente a su propia rumiación histórica y biográfica de odios originados en la guerra de 1836, cuando México perdió Texas a manos de Sam Houston, a las humillaciones sufridas en la época de Villa, al odio racial entre indios chicos y morenos y mocetones rubios y altos, finalmente a la inquina feroz que provoca el desprecio otorgado generosa y continuamente por un país fuerte y próspero hacia otro lerdo, atrasado y adormilado. Los demás críticos se suman con sus propias razones: aunque fastidiados por la probabilidad de perder negocios, lo que en el fondo les molesta a los europeos es la sola existencia de una nación infinitamente más fuerte y progresiva que los forzó a un papel de segundones; a las pobres masas tercermundistas las aguijonea el odio indeleble que provoca la riqueza; a las elites incapaces de crecer y desarrollarse las embarga la tentación insuperable de culpar a terceros; en breve, no hay quien no tenga su propio y viejo puñal bajo la decente y actual chapa de la crítica a la invasión de Irak y la defensa de la legitimidad del orden mundial. El resultado de dicho sentimiento es también multiforme: ha convertido en héroe a un matarife, en viable un pan-islamismo trasnochado y en Rusia resucitó parte de los sentimientos de la Guerra Fría; finalmente asentó en la cabeza de casi todos los analistas del planeta la idea de haber tras la invasión de Irak un designio imperial en ninguna sintonía con las complejidades de la actualidad.

Es posible que esto último sea cierto o pueda serlo, pero el rencor que hemos descrito limita la escala de dicha visión a un ámbito de validez inmediato oscureciendo perspectivas de más largo alcance. La cuestión de fondo no es criticar -inútilmente por lo demás: no se detienen las guerras encendiendo velitas- los horrores de la guerra ni lo que presuntamente pretende conseguir la actual dirección política de EE.UU., sino examinar cuál pueda ser el resultado de su acción y propósito en el Medio Oriente a largo plazo. De hecho, obnubilada por su fastidio, la mirada actualmente prevaleciente deja de ver algo indudable, a saber, que el 90% de los problemas de las sociedades árabes resultan de su propia naturaleza, de estar paralizadas con el líquido embalsamador de una ideología religiosa que hace posible y fomenta estructuras políticas corruptas de raigambre tribal, el fanatismo religioso, un machismo desaforado y ninguna de las disciplinas del desarrollo económico. El Islam se originó en tal etapa evolutiva de la sociedad arábiga que lisa y llanamente el Corán, su libro sagrado, abrumó al pobre tinglado institucional pre-existente y luego se convirtió en el meollo de su civilización. Aun los esplendores culturales de lo primeros tiempos resultantes del contacto con civilizaciones más adelantadas pronto fueron aplastados por la reacción del fundamentalismo coránico. Desde entonces encierra el potencial de ese vivaz y talentoso pueblo como en un sarcófago. En dicho contexto la acción traumática de EE.UU. bien puede ser similar en su efecto a la de Napoleón en Europa. Napoleón sólo actuaba en función de su interés dinástico y de la gloria de Francia, pero sus aventuras militares sirvieron para acelerar la ruina del sistema monárquico absolutista de la Europa continental. Bien pudiera ser que el desprestigiado Bush consiga sin querer lo no logrado por los pocos movimientos nacionalistas y progresistas iniciados en Medio Oriente (Nasser, el mismo Hussein) que terminaron en el fracaso y/o las dictaduras de un partido único o una casta de burócratas, militares y verdugos.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 

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  • » Antinorteamericanismo « - Fernando Villegas - 6/10/2003 14:45 


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