MIGUEL ÁNGEL TRENAS - 09/03/2006 Madrid
En la novela El pintor de batallas, recién publicada por Alfaguara, Arturo Pérez-Reverte quiere despertar al lector de un ensimismamiento que le impide ver una realidad en la que convive con el horror y la muerte. El relato enfrenta dos personajes que se van a matar pero que durante cuatro días son amigos, "porque hay algo que les une, la certeza de que el horror forma parte de la naturaleza humana". - ¿Era ésta una novela pendiente?
- Sí. Ésta es una novela que requiere de toda una vida para escribirla. No es que sea autobiográfica, aunque sí es necesario tener una biografía determinada para escribir novelas de este tipo.
- ¿Le ha costado más que otras?
- Sí. El problema era dejar fuera información, seleccionar sólo lo estrictamente necesario, un material que me permitiera contar una historia fría, desnuda, seca. Es la obra que más he reelaborado. El desafío de cada día fue conseguir que cada personaje dijera lo que yo quería que dijera, en el sentido más desnudo y limpio.
- ¿Es también una novela de silencios?
- Sí. De alguna manera, es una novela escrita a partir de silencios. El silencio era fundamental y trabajar con ese silencio es muy difícil en una novela. Es, sobre todo, una novela de personajes e ideas, que no renuncia a la acción, pero donde la acción está en la tensión de los diálogos, en las imágenes que muestra, en lo que cuento, no en cómo lo cuento.
- ¿Es también un ejercicio de catarsis?
- Detesto la palabra catarsis. Se trata de otra cosa. Gracias a esta novela no tengo pesadillas, sino fantasmas; la pesadilla es aquello que te despierta, que te horroriza, que te hace sufrir. El fantasma es algo con lo que convives. Algo que a mí me enseñaron los clásicos, la importancia de asumir el fantasma, el espectro, tanto simbólica como realmente, cual compañía serena e instructiva.
- ¿Cuál es el gran tema de la novela?
- El 11-S, cuando la gente se tiraba por las ventanas de las torres. Yo miraba alrededor y oía que era espantoso, inconcebible… Me pregunté: pero bueno, ¿de qué se extrañan?, si llevo veinte años contándoles esto, yo y otros como yo. Acaso se pensaban que lo que les hemos contado no iba con ellos, pero aquí estamos todos en el mismo sitio, éste es nuestro universo. Reforcé entonces mi convencimiento de que la gente vive en el autoengaño ante el horror y el dolor, y que no estamos preparados cuando éstos irrumpen y te golpean. La novela habla sobre eso, de cómo convivir con el horror, de cómo asumirlo como parte de la realidad cotidiana del universo, del cosmos y del mundo. De cómo hacer que el horror sea una fantasma y no una pesadilla.
- Pero ahora parece que nos han traído el horror a la puerta de casa.
- El horror estaba ahí, no se había ido, estaba en cada accidente de coche, en cada cáncer, en cada mujer violada, en cada niño apaleado. No queremos verlo, pensamos que es una excrecencia de nuestra sociedad, pero es mentira, forma parte de nosotros. La gente es tan idiota que lo había olvidado, lo que te lleva a preguntar hasta qué punto debes apiadarte de gente que se niega a aceptar que el horror existe. El que ahora piensa que lo de Iraq no tiene nada que ver con él, merece que Iraq se le meta en el salón de su casa.
- Parece que la gente no está por la labor.
- El hombre ha llegado a un estado de arrogancia y soberbia intelectual que le hace pensar que es especial, pero la guerra es la gente normal haciendo cosas normales. Lo anormal es que estemos aquí hablando civilizadamente, en vez de pelearnos. Hay un trabajo cultural importantísimo que ha hecho Occidente, pero nos ha llevado a olvidar de dónde venimos.
- ¿Qué enseñan las guerras?
- Pues caridad, compasión. La gente que las ha vivido sabe que le puede tocar a él, que el que sufre no es un extraño, y eso te hace mejor. Como creemos que podemos engañar a la enfermedad y al dolor, no tenemos ninguna compasión ni solidaridad con los que sufren y están desvalidos. Por eso el horror nos sorprende indefensos y solos en la escalera.
- ¿Qué sitio queda para la paz?
- Es una aspiración buena y legítima. Puedes luchar toda la vida para que el hombre sea mejor, debes luchar por eso, pero no hay que olvidar que la mayor parte del mundo no es así, que el ser humano es lo que es. No hemos conseguido nada, no tenemos conquistas irrenunciables, después de un Bizancio, vino la invasión turca; después de Roma, la noche medieval. Creemos que hemos dado pasos sin retroceso y no estamos preparados para cuando viene el retroceso.
- ¿Qué le llevó a la guerra como periodista?
- Quería ir al fondo de los cuadros que había visto de niño. Cuadros como El triunfo de la muerte de Bruegel. Ya no me horrorizan sus esqueletos. La guerra me dio lucidez, fue una escuela, me enseñó a mirar al ser humano con lo bueno y con lo malo, saber que no son otros, que soy yo. Pero hay un momento en el que tu trabajo ya no es suficiente, como le ocurre a mi protagonista, que agota las posibilidades de la fotografía y recurre al arte, a la pintura. En mi caso fue la novela la que transformó mis pesadillas en fantasmas, y le puedo asegurar que tuve unas cuantas.
- ¿Descubrió entonces la geometría del caos?
- Es curioso, pero lo que para mí fue una intuición, un símbolo, es una certeza científica para muchos sabios, lo que dio un refuerzo argumental, técnico e ideológico a la novela. Si miras un tablero de ajedrez, ves el caos de las piezas, pero si te alejas, ves que hay unas reglas a las que algunos llaman dios. Existe un orden mineral, geológico, cósmico y, cuando se impone, no hay historia que valga.
- ¿Se refiere al efecto mariposa?
- Sí, pero hay un ejemplo más claro, los tributos que exige la naturaleza. Siempre hubo tsunamis, pero el hombre no era tan gilipollas como para poner hoteles de cinco mil plazas en primera línea de playa. El error es del hombre, no de la naturaleza.
- ¿En qué se parecen sus personajes?
- Son las dos caras de la misma realidad. La prueba es que se hacen amigos durante cuatro días. Los dos han vivido las mismas cosas.
- ¿Qué piensa del antibelicismo?
- A mí no me gustan las guerras, pero hay guerras inevitables. A la guerra no hay que ir a poner el otro carrillo. Los tanques no se paran con flores. El diálogo de las civilizaciones y el buen rollito no llevan a ninguna parte. Todos estamos con una pistola en la cabeza y podemos elegir entre quedarnos parados o correr quince metros. Quince metros que son toda una vida de amor, de libertad, de dignidad, de cultura.
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