Foro sobre Arturo Pérez Reverte
Un lugar de encuentro donde "discutir" sobre la obra del escritor Arturo Pérez Reverte

MAR...de dudas escribió el día 15/05/2005 a las 21:22 Admin: Borrar 	mensaje
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¡¡Más Quijote, es la Batalla!!
La Mancha a mediodía.
Probable posición del aliado Sancho.




La Mancha a la una de la tarde.
Probable posición del aliado Sancho.




ültimos momentos de la siesta manchega.




CAPITULO VIII

DEL BUEN SUCESO QUE EL VALEROSO DON QUIJOTE TUVO EN LA ESPANTABLE Y JAMÁS IMAGINADA AVENTURA DE LOS MOLINOS DE VIENTO. CON OTROS SUCESOS DIGNOS DE FELICE RECORDACIÓN.

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, ¡casi nada para el de la triste! Y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero:
-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear. Oh, la la, tre bian. Porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o poco más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que esta es buena tierra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la Tierra.
-¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza-. Ni por el forro.
-Aquellos que allí ves –replicó su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas. Joder.
-Cagüentodo El gaditano Nicolás Marrajo Sánchez, patillas de boca de hacha y marca de navajazo en la cara, reclutado a la fuerza en Cádiz hace tres días, palpa el cuchillo que lleva en la parte de atrás de la faja y jura que lo clavará en la espalda de un oficial. Pero no en la espalda de un oficial cualquiera, sino concretamente en la del sargento de los cien continuos don Ricardo Maqua. Que (todo arrogante y flamenco con su capacete y su coselete de cuero, el muy perro) con un piquete de reclutamiento entró en la taberna La gallinita de Cai, donde estaba mirándose en un espejo en el que ponía Coñac Fundador el cual la tabernera, Burnel, limpiaba amorosamente cada mañana con un pañuelo, ñi, ñi, ñi, que se sacaba de entre las tetas:
-¡¡Cagüenlaputamadre del que se mire malamente en este espejo¡¡ -gritaba a la clientela- que aquí se miró D. Arturo Pérez-Reverte. El gran escritor y académico de la Lengua española de los siglos XX y XXI. Y este espejo está sagrado. ¿Estamos¡¡? Pues ya lo saben ustedes. Por estas que son cruces, (muá, hace, besándose el pulgar y el índice atravesados), que le corto los güevos a alguien.
Ahora Nicolás estaba allí, en pleno secano manchego. Reclutado a la fuerza como Hombre de guardia de los cien continuos. –Tos sus muertos-. Habían oído voces durante la ronda de vigilancia y lo mandaron acercarse a esos dos a ver qué pasaba.
-Mire vuestra merced –respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, flap, flap, flap, hacen andar la piedra del molino. ¡Ques quesé clare la chose, mon diu¡
-Bien parece –respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.
Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo “Rocinante”, cotoclón, cotoclón, cotoclón, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho -¡Hidalguéeee! ¡hidalguéeee!- ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:
-Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
–Pues, aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar, etcétera. Y, en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante mientras suena Orfeo en los infiernos (cosa singular por otra parte, ya que a estas alturas Orfeo en los infiernos todavía no la ha compuesto nadie) y embistió con el primero molino que estaba delante; y, dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, crac, crac, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.
Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, muhú, muhú, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
Marrajo mira al hidalgo y chasquea la lengua –Ohú. Esto tiene mala pinta, pisha. Tu hefe está mu pa allá. Se le ha ido la olla con los garbansos, colega-
–¡Válgame Dios! –dijo Sancho–. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza? –Yenesepá, yenesepá-.
–Calla, amigo Sancho –respondió don Quijote–, que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, que menudo nivel, Maribel, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
–Dios lo haga como puede, mon capitain. –respondió Sancho Panza.
-¿Cómo lo llevas, curriyo?- Le preguntó Marrajo.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Hiii, hihihihi, hiii hi hi hi hi. Y, hablando de la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía Don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, l`Espagne, mon Sancho, l`Espagne, por ser lugar muy pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza.

NOTA DE LA AUTORA:

Es privilegio de la novelista manipular la historia en beneficio de la ficción, por eso es conveniente precisar que, pese al minucioso detalle de su actuación en la aventura de los molinos, ningún Nicolas Marrajo estuvo en La Mancha con el Quijote. Aún así contarlo con el necesario rigor novelero habría sido imposible sin la ayuda de Arturo Perez Reverte que no tiene ninguna librería en la Rue l’Echaudè de Paris, pero que es novelista y me proporcionó un batalla decisiva para destrozar este capitulo. Tampoco habría sido posible sin la valiosa colaboración de Eva de Google que escudriñó los archivos y documentos directos que sea posible imaginar sobre esta historia. El agradecimiento seria incompleto si no mencionara a mis amigos Jose Ignacio Teclado, artefacto de bien y bien golpeteado por mí, y a Luis Ratón, amigo fiel que durante muchos años llevó un lazo rosa. Pero ya no, eh.

La Navarcelona, Mayo 2005



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