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Reflexió eleccions Puertorrico
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Hacia el Frente Amplio Comentario Manuel de J. González
La lucha sigue y ahora más que nunca. Ayudado por la crisis económica que padecemos desde hace varios años y aupado por las acusaciones criminales que los federales presentaron contra el gobernador Aníbal Acevedo Vilá, quien aspiraba a la reelección, el anexionismo puertorriqueño volvió a tomar control de la administración gubernamental de Puerto Rico. Luis Fortuño, salido del bufete corporativo McConnell & Valdés, será juramentado como gobernador el próximo enero. De entrada, hay que decir que no se trata de que el anexionismo, como movimiento político, hubiese alcanzado la mayoría. El hecho de que su candidato, Luis Fortuño, obtuviera el 52% de los votos no quiere decir que la mayoría de los puertorriqueños esté presta a abrazar la anexión de nuestro país a Estados Unidos. De hecho, las encuestas que se hicieron previo a estas elecciones, aún cuando auguraban el triunfo del candidato del PNP, simultáneamente apuntaban que la estadidad seguía siendo una opción minoritaria entre los boricuas. Por esa razón fue que, días antes de la votación, Fortuño anunció que no estaría promoviendo la anexión si resultaba electo. Pero aún cuando no tengan la mayoría y a pesar de la promesa Fortuño, debemos esperar un empuje de los anexionistas para intentar acercarnos a la estadidad, tal como hicieron durante los 8 años en que estuvieron en el poder colonial entre 1993 y 2000. Durante aquellos dos cuatrienios, en los que además de la gobernación también controlaron la Asamblea Legislativa, nos impusieron dos plebiscitos y trataron de lograr que el Congreso de Estados Unidos aprobara legislación que pusiera nuestro País en el camino franco de la incorporación como estado de Estados Unidos.
A pesar de controlar casi todos los órganos de poder de la colonia y aún cuando tenían las arcas abarrotadas de dólares (gracias a un pillaje sistemático de fondos públicos) no lograron ninguno de los objetivos que se propusieron. En los dos plebiscitos resultaron derrotados y el proceso en el Congreso terminó en nada, a pesar de haber comprado el favor de varios congresistas a quienes les llenaron los bolsillos con dinero de los puertorriqueños.
Si no pudieron hacer avanzar su propósito anexionista durante aquellos 8 años, tampoco podrán ahora, mucho más cuando en Estados Unidos no contarán con una administración favorable a sus maniobras. Entre 1992 y 2000 Estados Unidos tuvo una administración Demócrata y el PNP de Rosselló se alineó con ella, logrando establecer lazos afectivos con el propio Bill Clinton. Ahora habrá otra administración Demócrata, pero ni Fortuño es Rosselló ni Obama es Clinton. Además, nada indica que en Wáshington tengan ahora mayor interés en impulsar la anexión, más bien todo lo contrario. Para sus intereses, la colonia sigue siendo el mejor de los mundos.
Sobre las razones que explican el triunfo electoral del PNP me remito al artículo recientemente publicado en este semanario (Edición 2901, del 25 de septiembre al 1 de octubre de 2008) titulado “A prepararse para después de noviembre”. Allí di por seguro el triunfo de Luis Fortuño señalando que estaría montado sobre la seria crisis económica que se ha desató tan pronto asumió sus funciones el gobierno de Acevedo Vilá. El pronóstico resultó correcto. Luego de publicarse mi artículo el horizonte económico se ensombreció aún más al precipitarse la crisis financiera en Estados Unidos, la que ya ha comenzado a repercutir en Puerto Rico. Instituciones bancarias antes consideradas inexpugnables, como el Banco Popular, ahora se proyectan débiles y hasta tambaleantes.
Con el triunfo del anexionismo y ante la crisis social que ya existe, nos esperan años de mucha lucha para la cual tenemos que empezar a preparar los instrumentos que nos ayuden a desarrollarla. Esta elección también demostró que el instrumento electoral con que ha contado el independentismo de manera exclusiva durante los últimos 28 años, el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), hace tiempo que dejó de ser efectivo. Ha terminado siendo una organización que vive de y para la dádiva pública, el Fondo Electoral, olvidándose de la lucha en la calle. Esa torpe existencia ha llevado al PIP a perder el respeto del pueblo que en dos elecciones corridas le ha negado el derecho a seguir existiendo como partido electoral. Antes al menos se consideraba una reserva moral del pueblo, ya no. El afán por los fondos públicos, y la arrogancia y prepotencia que separan a su liderato de la gente, lo ha condenado a la desaparición. Lo que se impone ahora es comenzar a trabajar de inmediato en la organización de un verdadero frente amplio donde quepamos todos los puertorriqueños que defienden nuestra nacionalidad y nuestro desarrollo como pueblo soberano, caribeño y latinoamericano. En diversos países de América Latina se ha logrado crear un instrumento de lucha como el que reclamamos para Puerto Rico. Aquí, donde las urgencias son mayores porque lo que está en juego es la existencia misma de nuestra nacionalidad, también tenemos que ser capaces de crearlo.
El ambiente social y económico de los próximos años, cuando sin duda la crisis se profundizará, tal vez pueda ayudar a crear el ambiente para que ese frente florezca. Pero tenemos que adelantarnos a detener y denunciar a aquellos que insistan en reconstruir el fracaso o el estancamiento. Seguramente el liderato del PIP querrá lanzarse de inmediato a la calle a inscribirse otra vez como partido electoral, buscando proteger el Fondo Electoral y los empleos en la Comisión Estatal de Elecciones. Puerto Rico debe darle la espalda a esa insistencia en el continuismo y el fracaso. Lo que se impone, repito, es trabajar hacia nuevas formas de organización capaces de romper con el estancamiento que ha caracterizado la política puertorriqueña durante los últimos 50 años.
Finalmente, y por si a alguien le interesa, informo que no voté en estas elecciones. En el pasado siempre lo había hecho por el PSP (1976-1980) o por el PIP (1988-2004). En esta ocasión entendí que el PIP, que en estas elecciones siguió insistiendo en su línea unilateral, en su alianza circunstancial con el PNP y en su política de total dependencia de los fondos públicos, no merecía mi voto. Tampoco lo merecía el PPD que sólo buscaba apoyos incondicionales, para derrotar el PNP. Sólo si existe un instrumento amplio, capaz de producir un verdadero cambio en la política puertorriqueña, vale la pena votar en la colonia. Sin ese instrumento, el voto es un ritual vacío e inútil.