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Eleccions
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La alternativa Albizuista Claridad en la Nación Hiram Lozada*/Especial para Claridad
Cada cuatro años los independentistas se enfrentan al mismo dilema: votar o no votar. Cada cuatro años, nos enfrentamos unos contra otros, en un debate inútil, pero cargado de pasión, como si las elecciones fueran episodios trascendentales.
Entre los que no votan, hay quienes afirman que el asunto fue resuelto en 1932 por Pedro Albizu Campos: las elecciones coloniales dividen la Patria y nada resuelven. Mejor es el boicot electoral y la organización de la Patria. En 1932, Albizu reitera, a raíz de las elecciones de aquel año, ideas que ya había anticipado en 1927. En el periódico La Opinión, Don Pedro afirma que para resolver su problema político, Puerto Rico tiene que plantearle una crisis grave a la administración colonial para poder ser atendido en su demanda. Señaló entonces que en un país colonial las elecciones son un instrumento de los grandes intereses económicos de los ricos criollos y del amo imperialista.
Hoy hay muchos independentistas, la mayoría, que ven la participación electoral como un asunto táctico y práctico, que debe responder a las circunstancias políticas de cada momento. Por eso prestan el voto –por nada a cambio– para castigar a un político corrupto, derrotar los gobiernos malos o detener los avances del anexionismo. Como regla general, votan por el PIP. A veces, optan por la abstención. Al fin y al cabo, el voto, cada cuatro años, es arma de corto alcance o error subsanable.
El dilema del voto se agudiza en el caso del PIP. Piden el voto útil para administrar la colonia y lo piden también como obligación de la moral patriótica. Ello sugiere una aparente contradicción. Para administrar la colonia, las masas, temerosas de la independencia, prefieren el menor riesgo, el PPD o el PNP, aunque el primero gobierne con mezquindad y el segundo sin controles, aunque ambos gobiernen para enriquecer a los ricos. Y si de moral se trata, ¿no será mejor la abstención y la denuncia ante elecciones viciadas por la intromisión de las agencias federales y pervertidas por la corrupción y el soborno? El PIP no ha variado su formula política desde la década de 1970. Consiste en atacar al centro, entiéndase el PPD, para provocar su extinción y estimular así el conflicto final y decisivo entre independentistas y anexionistas. Si en la batalla final vence la anexión, no importa, porque la estadidad es un fantasma. Entonces, el Congreso federal le negará la Estadidad a Puerto Rico. Ante el trauma del rechazo, los anexionistas adoptarán la Independencia.
El problema es que el PPD, aunque débil, no agoniza, ni es tampoco el enemigo, sino un potencial aliado; que la colonia federalizada es una forma de anexión “de facto” y que el Congreso no presta atención alguna a resultados electorales o plebiscitarios, a menos que haya demostraciones masivas de desobediencia civil y de no cooperación, que afecten su prestigio moral y político en el mundo y sus beneficios de la situación colonial.
El PIP siempre ofrece los mejores candidatos, las mejores ideas y el mejor programa político, pero sus votos no aumentan significativamente. Es evidente que no basta con ser los mejores. Es evidente que no basta con apelar al deber patriótico. Ante las circunstancias de la colonia conveniente, de los espacios permitidos y la ideología dominante, es muy difícil desbaratar la noción general de que la independencia es un salto al vacío y que es mejor lo que se tiene.
Ello debe invitar a la reflexión y a la reconsideración de tácticas y estrategias. Uno no debe conformarse, década tras década, con lo mismo: quedar inscrito, tener dos legisladores y el fondo electoral. A menos, que se espere un milagro. O, a menos, que se acepte, como una fatalidad, sólo lo posible.
Hay que repensarlo todo, reformularlo todo, para salir del estancamiento y el desgaste. No se trata meramente, como se les pide, de aceptar alianzas con otros grupos independentistas. Lo cierto es que ni siquiera unidos somos muchos. No somos tantos como pensamos, aunque somos suficientes para transformar las cosas. Unidos, pero lejos de la trampa electoral, hemos dado las batallas decisivas del idioma y la cultura, de la nación y sus símbolos, del rescate de la tierra y en contra de las bases militares. Pero se puede hacer más.
Se necesitan alianzas de clases sociales, negociaciones audaces y movidas intrépidas. El primer paso es simplemente dialogar. Pero hay que partir del entendido de que la solución no está en las elecciones, ni en los partidos políticos; que la solución fue ya propuesta por Pedro Albizu Campos desde 1927: la organización de la Patria, de todos en la Patria.
* El autor es Presidente de la Asociación Americana de Juristas, Capítulo de Puerto Rico.