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La toponimia urbana, lección permanente (Herminio Ramos Pérez)
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PUNTO DE MIRA La toponimia urbana, lección permanente
La historia de una ciudad está escrita en parte en el nomenclátor de sus calles
Herminio Ramos Pérez.
HERMINIO RAMOS PÉREZ. En la toponimia urbana, desde los lugares más insospechados a las villas más señoriales y por supuesto en las ciudades, los nombres de calles y plazas constituyen generalmente una síntesis histórica, apretada y certera casi siempre de todo ese conjunto de avatares que a lo largo de siglos, la ha conformado y han marcado sus etapas de desarrollo en todos los ámbitos. Junto a ella, muchas veces el dicho o la leyenda dieron nombre a ese espacio común que nos recuerda el hecho con letras de molde en cada una de sus entradas. Hasta en los lugares más apartados y hasta oscuros, no hay rincón o callejón que no esté delimitado y concretado con su nombre. Y hasta en el campo, junto a los pagos, no hay vereda, sendero o atajo que no lleve su nombre y se le localice y precise con claridad. La historia, desmenuzada hasta el infinito, ha sido fuente inagotable de esa toponimia urbana, cada día más necesaria debido a la complejidad de la sociedad que parece insaciable en su afán de llenarnos de compromisos de todo tipo para situarnos, muchas veces entretenernos o, si llega el caso engañarnos. Pero esa toponimia urbana está sometida a las mismas variaciones, giros o evoluciones del ser humano. Porque la historia está también sujeta a las interpretaciones que de ella hagan o tengan los que pueden decidir sobre esa toponimia. Podemos resumir sin exagerar que la toponimia está sujeta a las mismas vicisitudes que la que le sirvió de modelo. Cuando la calle recuerda a un personaje, su permanencia depende de una serie de circunstancias que permiten vulnerar impunemente el pasado, intentando borrarlo cuando ya está en las páginas imborrables de la historia. Hay lugares llenos de pasión por escarbar en la basura del pasado, en vez de corregir las desviaciones de los caminos que llevan hacia el futuro. La calle con su nombre es una página de la historia que podrás tacharla, emborronarla y hasta quemarla, pero no conseguirás borrarla de los anales que están escritos en el tiempo y con esas posturas lo único que has hecho ha sido tristemente definirte tú, y hay que tener mucho cuidado hasta con los gestos, pues uno sólo puede calificarnos esa definición pasará porque ya queda escrita en los anales del tiempo. Si analizamos con cierto criterio y tomamos dos aspectos, lugar y tiempo, llegaremos a la conclusión de cómo esa toponimia urbana va respondiendo a períodos del desarrollo y crecimiento de la ciudad y a la vez es testimonio claro del momento histórico en que nació y del que esa zona responde con su diaria presencia, sin dudas y sin vacilaciones. Es un testimonio firme que no podemos borrar y si lo hacemos, estamos rompiendo eslabones de una cadena que son páginas de una historia que es la nuestra. Si observamos nuestra ciudad, desde lo más antiguo y vamos recordando y recorriendo sus nombres, nos daremos cuenta, sin más pretensión que la curiosidad de la observación de esos nombres de sus calles, que éstos nos van dando una silenciosa y muda lección de nuestra historia, desde el artesanado a la leyenda, desde el simbolismo de un hecho o de un simple gesto, desde un encuentro a una tradición. Y a medida que nos acercamos a nuestros días vemos cómo los hechos y los personajes que de alguna manera han dejado huella, parecen y desaparecen de forma poco cívica, así con nocturnidad. Vamos a dejar de mirarnos al espejo, vamos a mirarnos hacia dentro, pero sin espejo y si entre las sombras y las oscuridades que nos cubren y nos envuelven no somos capaces de ver un poco de luz abandonemos el campo y subamos un poco más arriba para ver si conseguimos dominar, aunque sólo sea de cerca, la realidad que nos rodea. Una calle, una plaza, un nombre o un recuerdo del pasado son páginas de nuestra historia y borrarlas o ignorarlas es borrarnos a nosotros mismos de la realidad que nos envuelve.