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"El puerto de San Isidro" (JOSÉ IGNACIO GRACIA NORIEGA)
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El puerto de San Isidro
POR JOSÉ IGNACIO GRACIA NORIEGA Por el puerto de San Isidro se entra casi de repente en la montaña. Es también un puerto industrial e industrioso, minero e hidroeléctrico en la ladera Norte; casi pastoril arriba y turístico (si consideramos el esquí como una variante del turismo, ese gran alarde del bienestar, hoy en peligro, de las sociedades industrializadas o afines) en la parte de León, que seguramente se lleva la «parte del león» en lo que a la explotación del puerto se refiere. Aunque los puertos de montaña, a diferencia de los de mar, son lugares de paso, no de explotación permanente.
A partir de Cabañaquinta, las márgenes del río, muy arboladas, aparecen coloreadas por el otoño. La carretera atraviesa la aldea de «Entrepenas». ¿Se trata de que en esta localidad hubo una gran pena que haya cantado en coplas Antonio Molina, algo así como «estaba yo entre dos penas, / una rubia, otra morena»? Pues no, sino que el nombre del lugar es «Entrepeñas» en la lengua común, que al bable se traduce por «Entrepenas», más que nada para que suene de otra manera. De manera que en bable de la Academia de la Llingua Llariega «peña» se dice «pena», como «peine» se dice «pene»: siempre en las lenguas nuevas lo que parece significar una cosa significa otra. Pasado Collanzo está Llanos o Yanos, casi nada: como si el yeísmo no fuera un riesgo para muchos hablantes, encima la Academia de la Llingua lo fomenta. Ahora bien, como quien avisa no es traidor, debajo de la «Ll» de «Llano» ponen los dos puntos que significan la «ch» vaqueira; o sea, que una vez más nos encontramos con la pedantería de dar la toponimia en transcripción fonética.
La Pola del Pino y el Pino son dos localidades seguidas y, sin embargo, entre ellas hay una piedra redonda, como asegura la canción, y después de Felechosa cruzamos un puente sobre el río de San Isidro por un paisaje de rocas y encinas, de bosques y heladas. La carretera asciende sobre el río y se mete en el monte. Sube de golpe.
El paisaje que se divisa subiendo es imponente. Vemos la carretera desdoblándose abajo, en mil curvas, y los pretiles destacan elevándose sobre nuestras cabezas. Hacia la parte del río no entra el sol y atrás va quedando el valle, cerrado al Norte por montañas lejanas que se difuminan en la neblina. Los árboles se extienden por las laderas de la montaña que tenemos enfrente y casi en el punto en que la montaña se cierra sobre el lecho del río, el casetón de una mina abandonada cuelga sobre el abismo. El lugar es húmedo y tenebroso, y se experimenta una sensación de alivio al coronar esta cota y encontrarse en un panorama bien distinto, de praderas, cabañas de pastores tan abandonadas como el casetón de la mina, y caballos. Este puerto es más caballar que vacuno. Pasamos El Fielato y La Capilla. El sol pálido de otoño aumenta la impresión de escenario pastoril, aunque el tono dorado de los pocos árboles es más apagado que en el valle. Un indicador señala a la derecha Fuentes de Invierno, nombre poético, como Flor de Acebos en Pajares.
La Haya, a 1.520 metros, los mismos que el propio pueblo, figura en el cartel indicador como el pueblo más alto de Asturias, no el más antiguo. Por la parte asturiana lo componen algunas edificaciones dispersas y por la leonesa dos bloques de viviendas, varios chalets de vertiginosos tejados alpinos y otros dos chalets grandes, de maderas de color de chocolate, con muy buen aspecto.
La carretera desciende hacia el ancho valle del río Silván. El primer pueblo de la parte leonesa es Isoba, con un sorprendente teito diminuto en un prado, a la salida. Después está Puebla de Lillo, al que sale también la carretera del puerto del Pontón: pueblo muy largo, con casas bajas, algunas de ellas en obras, y prados alternando con el caserío, en uno de los cuales pastan una yegua y un potro.
Esta zona entre el puerto de San Isidro y el puerto de Pajares es de cabecera de ríos, aunque los ríos poéticos están para la vertiente de Arbolio, en las cabeceras de los ríos del Norte, donde la niebla se hace luz, según el poeta Ángel Fierro: los ríos de los poemas de Fierro y de José Antonio Llamas, y «El río del olvido», de Llamazares, o la recia prosa narrativa de «Los bravos», de Jesús Fernández Santos. Por este otro lado va el río Porma, que recibe las aguas del río Solla antes de ser embalsado en un embalse de aguas de color azul. Una lápida recuerda a su constructor, Juan Benet, constructor de embalses y de novelas, que creó aquí el espacio literario de «Región», del que podía decir, como William Faulkner, su maestro, hizo constar en el mapa que figura en «Absalón, Absalón», que es «su único dueño y propietario». No me cabe duda de que Benet fue el mayor novelista de la lengua española de la segunda mitad del siglo XX. También era un sólido bebedor de whisky: lo digo por experiencia.
Comemos en la Venta de Remellán, donde siempre hay un buen racimo de coches aparcados a la puerta. Excelente señal. La barra está según se entra y el comedor a la izquierda. El barman lleva unos bigotes caídos a la manera del rey de las tartas de Mondoñedo y nos pregunta si tenemos reservada mesa. Naturalmente, se comió lo mismo que si la hubiésemos reservado; seguramente hizo la pregunta por presumir, y se le disculpa, porque el chuletón era excelente.
Hacemos otra parada en Boñar, que queda cerca. El pueblo, largo, extendido sobre la carretera, de entrada desolada de población mesetaria; luego, la zona urbana, con bancos y cafeterías, que se extiende a la izquierda, donde están la iglesia, las dos farmacias, una fuente vertical, el esqueleto de un gran negrillo y un grupo escultórico que representa a dos ganaderos dándose la mano después de haber cerrado un trato y que también parece un monumento al «contrato social», porque uno de los ganaderos va de traje y el otro con blusón; al de traje le han quitado una mano. En un banco de la plaza, una señora de pelo blanco toma el sol. Nos pregunta de dónde somos. «De Asturias», le digo. «¡Ah!, Asturias, el mar». Y sigue tomando el sol, como si recordara.