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Re: "MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ": El estilo de Javier Marías |
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EL ESTILO DE JAVIER MARÍAS
Quizás de la(s) novela(s) de Javier Marías lo que más me agrade sea su manera de contar, más incluso que lo contado.
Entre otras muchas cosas me encanta el exhibicionismo de que hace gala, sin pudor alguno, cuando muestra sus dudas e inseguridades ante tal o cual palabra buscando siempre la expresión exacta. En la novela que nos ocupa toda la reflexión lingüística desarrollada sobre la antigua palabra sajona que viene a significar ‘co-novio’ o ‘co-follador’ es, cuando menos, simpatiquísima; lo mismo sucede con otras expresiones inglesa como “burglar”, “turf” o “paddock” en las que el narrador-autor-protagonista ve más precisión que en otras españolas.
También me ha interesado siempre en Marías ese ejercicio de introspección que realiza al hilo de la narración propiamente dicha. Esas reflexiones son las que dan a la novela un halo filosófico que tiene indudable encanto. De las muchas que hay en la novela destacaré la que tras conversar con Luisa Téllez sobre la verdad de lo sucedido la noche de la muerte de Marta Téllez, la cabeza de Víctor Francés deriva hacia la consideración en que se tiene a los muertos en la actualidad. ‘“Antes se los veneraba o su memoria al menos, y se los iba a visitar a sus tumbas con flores y sus retratos presidían las casas”, pensé. [....] “Hoy se los olvida como a apestados, si acaso se los utiliza como escudos o estercoleros para echarles las culpas [...]”’ Estas reflexiones insertadas en el discurrir del diálogo narrativo enriquecen el texto abriendo perspectivas que van más allá que la mera referencialidad presente en los personajes.
Y sin lugar a dudas la estructura. Ese orden que no lo parece y que con precisas y continuas circunvoluciones van dando la medida de lo que se pretende manifestar en el relato: la rutina, la vida, el tiempo que se va y no vuelve más aunque siempre se repita y parezca ser el mismo. De ahí las dudas de Víctor ante lo que le sucede, el no saber qué hacer, el pensar que quizás no haya sucedido, que mañana todo seguirá en el orden acostumbrado... Y por eso el encantamiento en que cree estar mientras oculta su presencia pasiva en la muerte de Marta. Presentar un ser pensante que se plantea tales problemas metafísicos y ontológicos, exigía, en mi opinión, una ordenación del relato recurrente y con incursiones en el terreno de lo mágico.
Lancory
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El estilo de Javier Marías. |
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Quizás de la novela de Javier Marías lo que menos me agrade sea su manera de contar, menos incluso que lo contado. Parafraseos a parte es, ésta, una sensación que detesta mi muy formalista espíritu, siempre más interesado en el modo de decir que en lo dicho. Bien está que el personaje sea inestable o inseguro o veleidoso consigo mismo y su apática vida, pero ese modo de decir que tiene, ese ir y venir, caracolear, girar y volver sobre lo mismo una y otra vez enredando la madeja me altera los nervios. Diría que marías, o Francés, o ambos, practican ese noble arte de hacer complicado aquello que es por naturaleza simple y caen, con más frecuencia de la necesaria, en la ambigüedad sintáctica. Lo que genera, evidentemente, ambigüedad semántica. Es decir, tanto anhelo de precisión, tanto deseo de desmenuzar el detalle, de atomizarlo, no hace sino enmarañar al lector de modo que, a ratos, lo que debía ser palabra se vuelve palabrería. Palabrería vacua.
“Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda”.
El verbo “ir” tiene una cierta importancia a lo largo de la narración para marcar la relatividad del tiempo pero, en este caso concreto, la frase hubiera ganado mucho prescindiendo de la perífrasis (ir a). La primera impresión –descontextulizada la frase de la información narrativa que poseemos- es que el narrador va a trasladarse realmente a un lugar “x”, donde descansa plácidamente un cadáver al que tomará en brazos. Y una piensa: “¡necrófilo!”-. Y, por si acaso los ojos se le atrabancaron, vuelve hacia atrás y lee de nuevo la frase completa. Entonces, comprende que no, que el protagonista no se deleita con el amor a los muertos, sólo habla enrevesado. Y una, que es maniática de estas cosas repite: “ese rostro cuyo nombre recuerda” : ¡Ahhhhh, recuerda el nombre pero no el rostro! ¿será qué no la conocía?. Y sigue leyendo el resto del párrafo. Desvaría sobre la muerte, piensa la lectora, que empieza sentirse así como estúpida. Y retoma, por tercera vez, la frase inicial. Agarra un lapicito colorado y marca lo siguiente: “Nadie piensa nunca que pueda (ir a) encontrarse con una muerta entre los brazos, (y) que ya no verá más (su) ‘ese’ rostro cuyo nombre recuerda” Lo único que hacen esos mínimos cambios es, por una parte, dar a la frase el mismo tono de las siguientes, es decir, el que corresponde a una digresión, anular la imprecisión temporal concretando que el hecho sucedió – y es un recuerdo- o no sucedió – y es un desvarío- ( aún desconocemos que Marta se murió) pero, en todo caso, no va a suceder. El otro elemento que distorsiona es el empleo del posesivo. La primera parte de la frase es absolutamente indefinida, la muerta es un ente abstracto, puedo ser yo, tú, la novia del narrador... cualquiera, un ser informe, impersonal... El uso del posesivo implica, sin embargo, conocimiento previo del cadáver . Conocimiento que podemos suponer, en principio, lejano en el tiempo puesto que mientras los nombres se sostienen en la memoria, los rostros se tornan difusos. Claro que me dirán (diréis) ustedes(vosotros) que elucubro mucho, lo cual es cierto. Pero es que no me gusta ná que me hagan trampas, ni leer página y media más para enterarme que acaso el narrador anda medio peleado con los verbos “ quizás debería emplear otro tiempo verbal, el clásico en nuestra lengua cuando contamos...” pese a conocer, como buen filólogo, la estructura de los mismos. Y les (os) aseguro que tengo la novela llena de marcas coloradas con ambigüedades como esta de la primera frase.
También a mí, como a Lancory, me gustan los devaneos de Francés con la lengua, el uso y abuso de sus explicaciones etimológicas, filológicas y gramaticales acaso por que eso, sea lo único que comparta con él, la manía en la precisión léxico-semántica. “ ‘Me siento morir’, lo había dicho no literalmente, sino como frase hecha”. Este deseo de formalismo lingüístico es, junto al escaso uso de la metáfora, lo que encuentro más logrado en el texto. “Uno nunca renuncia a su dicción y a su habla en ningún momento, ni siquiera en la desesperación ni en la cólera, pasé lo que pasé y aunque se esté uno muriendo” Lo que si me resultó grato, aunque escaso, es el uso de la metáfora. Dos en concreto: Una, la romántica y algo edulcorada visión de la Virgen de los traperos retomando la idea negra de esa España negra de charanga y pandereta que me resulta más cercana que la actual. La otra, mucho más conseguida, la imagen del despojo, la futilidad de la vida que se acaba en un bote de basura. El ajuste perfecto entre los restos de grasa del solomillo irlandés reposando entre los desperdicios y el cuerpo inerte de Marta, arrumbado sobre el lecho. La pobre Marta convertida “ ahora si en> despojo, algo que ya no se guarda sino que se tira, (...) como lo que va a la basura y se sigue transformando y no se puede detener y se pudre – (...) la grasa del solomillo irlandés que ella misma habría vaciado en el cubo desde nuestros platos hacía poco, antes de que fuéramos al dormitorio- “ Pude imaginarme , perfectamente, montones de babosos gusanitos verdimohosos descendiendo los senos desnudos de Marta, incrustándose en su piel, mordisqueando golosamente ese cuerpo que ya nadie más mordería, ni besaría, ni haría estremecer de nuevo salvo ellos, larvas comelonas repelando apaciblemente los huesos hasta dejar, sobre la cama, no un hermoso cuerpo de mujer sino los restos cartilaginosos, las nervaduras, las cortezas... que nadie, ni siquiera los babosos gusanitos, desean ingerir. Supongo que, en el fondo, debo agradecer a Marías que me estimule la imaginación... Respecto a las reflexiones que tanto parecen fascinarte, Lancory, no sé muy bien qué decir: como que sí, como que no, como que a medias me dan sueño. Las considero excesivas; algunas iterativas en exceso, otras fuera de contexto, en general casi todas prescindibles (salvo las lingüísticas). Creo que Marías hubiera podido conseguir una estructura circular igualmente primorosa ahorrándonos algunas páginas de tedio. Por último, aunque acaso no sea éste el mejor lugar para plantearla (pero el de las impresiones tiene ya muchos mensajes) quisiera yo hacer una pregunta y, es más, me gustaría que fuera contestada por lectores tan perspicaces como lo son (sois) ustedes (vosotros) . Leí la novela la semana pasada y, para mi mala fortuna, es ésta una complicada época, llena de ajetreo y laberintos, muy muy trabajosa. Posiblemente, de haberla leído un mes antes o uno después, en un momento de mayor calma –que son escasos peor los tengo de vez en cuando- mi opinión sobre el texto hubiera sido, sino diferente si mucho más matizada. Me gustaría leer algún comentario en torno a la subjetividad de la lectura, a la interacción entre lector-narración, a cómo puede afectar, si es que lo hace, la vida , o el pensamiento o el sentimiento de un lector a la calidad literaria de una obra ¿Se puede ser totalmente objetivo a la hora de leer?. Sobre todo tratándose de una novela de tesis o de ideas... Por eso, en tiempos como estos, yo sólo leo novela negra que me distrae mucho y no me obliga a pensar.
Calurosos y primaverales cariños Aglaia.
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