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Impresionismo/expresionismo... |
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A ratos me da por pensar que son mis letras poco explícitas o, acaso, decir que son ambiguas sea más apropiado. Y escribo esto con harta preocupación después de leer el sutil modo en que su alteza me califica de irrespetuosa ante sensibilidades que divergen de la mía. Puede que sea ésta –la mía- una interpretación susceptible en exceso y empiece a parecerme yo a Francés más de lo que sería conveniente. La cuestión es que parece que “así como Dar respeta” no lo hago yo... Ello me inquieta, me inquieta mucho, porque nunca considere excluyentes la discrepancia y el respeto y, si esa es la impresión que dan mis líneas, me urge entonces una temporada en el psiquiátrico y una disculpa a quién se haya sentido ofendido por ellas. Alteza, mis más sinceras excusas por lo que de lesivo hacia tu pensamiento encierren mis comentarios, (si alguien más se encuentra en idéntica situación, favor de avisarme). Me achaca también su alteza no sé si carencia de percepción o falta de sensibilidad para acceder a la literatura intimista y me incapacita, (¿no entiendo bien por qué?) para la comprensión y disfrute de la poesía, por ejemplo. Da a entender, además, que sólo soy capaz de apreciar escritos de fuerte contenido sociopolíticoideológico y que, cualquier texto que carezca de ellos no puede serme grato. Por último, afirma que entiendo yo la novela como una receta de cocina (3 ml. de acción, 3.ml. de ideas, una pizca de evasión, revolver, sazonar con erotismo al gusto y leer ) cuando yo me limité a afirmar que tanto la acción como la reflexión deberían de conformar cualquier texto narrativo, y que las proporciones las dejaba a juicio del autor; jamás mencioné equilibrios cuantitativos o desequilibrios cualitativos. Y después de tan larga disquisición no me queda más remedio asumir que es éste un debate muy provechoso para mi natural y reconocida estupidez. No sólo aprendo y comprendo a Marías desde ángulos que, seguramente, no alcanzaría yo nunca solita sino que, por ende, me gano una fina y elegante descripción –que agradezco, por supuesto- en torno a mi modo de ver la vida y los libros. Y quizás, en mi modo de ver más que de expresar lo leído, radiquen mis malos pasos por este foro. Y acaso, por ello, ninguna comparación me resulte más grata que la establecida por Lady Ginebra entre la literatura y la plástica. Tal vez, Marías sea -para mi gusto- puntilloso en exceso y haya en él mucho de Monet o de Manet... mínimos matices de color o calor que me dicen muy poco al lado de las salvajes pinceladas de Munch o el desvariado trazo de Modigliani. Acaso posea el perfecto recorte del último Matisse en vez del manchado alboroto de Kandinsky. Quizás sean sus letras muy sobrias frente a los desgarrones kafkianos. Es imposible considerar expresionismo alguno en la obra de Marías dado que su personaje carece, precisamente, de la pasión que rodea a este movimiento tendente a distorsionar la realidad para provocar en el lector/espectador sensaciones más viscerales que racionales. Quizás, Queenie, recuerdes Alfred Kubin (lo cito como referencia porque sé que estudiaste alemán) y su novela “La otra parte”, considerada la primera manifestación del expresionismo literario y una de las que más profundamente marcó la atormentada literatura de Kafka. Si la recuerdas verás que no existe comparación posible entre el expresionismo kafkiano y la obra de Marías. Porque, si bien es cierto que se trata de un movimiento tendente a la exacerbación de lo subjetivo no lo es menos que, para ello, necesita desprenderse totalmente de la realidad cosa que, en modo alguno, le ocurre a Francés que insiste una y otra vez, en acomodar esa realidad que no comprende en su cansado cerebro. Si tuviera que adjudicar un adjetivo pictórico a la novela sería, indudablemente, el de impresionista. O quizás, “Mañana...” me recuerde en exceso un pórtico románico con sus hieráticas figuras siempre parecidas y rígidas siempre, girando en torno a un infierno mil veces recreado por un dios /autor ominipotente y titiritero (siguiendo la lógica de Dar) y prefiera yo el manierismo desbordado del último gótico... Conozco muy mal la obra de Faulkner y no me atrevo, por tanto, a emitir apreciaciones sobre su influencia en la novela que nos ocupa, algo más sé de Proust y coincido totalmente con su alteza en la comparación que establece entre Swan y Francés. Encuentro, sin embargo, algunos rasgos de Benet, ciertas notas de Musil y Brecht y, sobre todo, un curiosísimo paralelismo entre la metalingüística de Francés y la metamúsica de algunos textos de Carpentier. Pero, evidentemente, es sólo una impresión válida para mí y para nadie más. Por eso siempre me he preguntado hasta qué punto la lectura es una actividad objetiva, no influenciable por el temperamento, la ideología (entiéndase línea de pensamiento éticofilosófico , no políticosocial) o los conocimientos previos. ¿Hasta qué punto la apreciación de un lector puede, en lo que respecta al contenido de la lectura, ser fiable? En realidad, me hubiera resultado mucho más entretenido caracolear sobre la sintaxis de Marías y escribir largos y enrevesados textos en torno a su pésima adjetivación pero, lamentablemente para mí –pueden sentirse afortunados por ello- esos jugueteos que tanto disfruto consumen muchos minutos de reloj y, mi tiempo, es escaso estos días. Sólo puedo, entonces, divagar en torno a las huellas que “Mañana...” me dejó al borde de las pestañas –dado que perdí el alma hace ya rato y, con ella, la sensibilidad que Quennie me niega, no encuentro mejor lugar en que acomodar mis impresiones- Espero, únicamente, que su susceptibilidad algo menos susceptible que la mía en esta trágica y húmeda mañana. Llueve y la lluvia me enloquece y desvarío.
Distorsionados cariños Aglaia
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Queenguinevere
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27/04/2001 11:08
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Re: Impresionismo/expresionismo... |
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Admirada Aglaia,
Te aseguro desde lo más profundo de mi honor y de mi mente que en ninguno de los análisis de la obra de Marías, ni de ninguna otra ha sido mi intención emitir el más mínimo juicio de valor sobre las sensibilidades literarias de ningun@ de mis contertuli@s. Bien al contrario, encuentro esta experiencia intelectualmente estimulante y literariaramente enriquecedora.
Lamento que te hayas sentido peyorativamente aludida, vuelvo asegurarte que no he sido en ningún momento consciente de matices despectivos en mis intervenciones. Si inconscientemente los he introducido, acepta por favor mis disculpas.
Recibe un sinceramente cordial saludo de tu compañera de web, Queenie
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Ni me hagas caso... |
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Ando medio alborotada estos dìas, el trabajo me abruma y la lluvia me enloquece (literalmente) y estoy algo arrebatada, Ya se me pasa.Se supone que esto es algo así como un pequeño oasis de paz para mí aunque parece que arrastro la guerra por dónde quiera que paso... Mis disculpas, mis cariños y mi eterno agradecimiento por tu paciencia. Ya voy a ser buena.
Muchos cariños Aglaia
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Víctor Francés |
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Empuño de nuevo la piqueta para proseguir el trabajo de demolición al que me he entregado durante los últimos días con un entusiasmo digno de mejor causa. Pero antes de que el ruido de los cascotes haga imposible escuchar nada más, quiero expresar la satisfacción que me está produciendo participar en esta tertulia. Más que la lectura de la novela. Incluso me atrevería a decir que en la medida en que la memoria no es un registro fiel y neutral de lo que a uno le ha pasado —no éramos como nos recordamos, pero es que ni siquiera nos reconocemos del todo cuando nos vemos en una cinta de vídeo de hace algunos años—, mi recuerdo de la novela es mejor desde que he leído vuestros comentarios. Aún estando básicamente en desacuerdo con ellos, ciertos puntos de vista de Lancory y Queenie han enriquecido mi visión de la novela y le han aportado un interés que no le encontré cuando la leí. Hoy hablaré —mal— de Víctor Francés. Lancory y Queenie lo caracterizan de manera parecida: poco implicado emocionalmente, incapaz de aprehender globalmente el mundo, incapaz de establecer relaciones afectivas, e incluso lo describen como un ser indeciso, alguien que se deja llevar, una marioneta de sus recuerdos. Cuando yo lo conocí no era de esa manera. Era un ser inteligente y activo, aunque con un cierto desapego emocional, consecuencia quizá del fracaso de su matrimonio. En el episodio de la muerte de Marta Téllez es víctima pasiva (aunque es la víctima que sale mejor librada), pero luego se las ingenia para diseñar y ejecutar de manera impecable un plan que le permite conocer a las personas del entorno de Marta. No le importa hacerse pasar por otra persona y asistir con esa falsa identidad a una entrevista con el Único y aceptar un trabajo de él. Me parece que no es un ser resignado: busca a la familia de la muerta para volver a ser alguien, después de quedarse al abandonar el cementerio con la sensación de que no era nadie. La busca, la encuentra y gradúa a su conveniencia el proceso de darse a conocer a cada uno de ellos. Pongamos en un extremo a un protagonista de novela negra, que se mueve en un entorno de incertidumbre como pez en el agua y se desembaraza a golpe de deducciones, puños o disparos, de los círculos de engaños en que quieren encerrarle. Pongamos en otro extremo a un personaje de Camus, a un existencialista que no encuentra razones para actuar de una manera o de otra, alguien a quien la certeza de la muerte le atenaza y le encoge todo el tiempo. En el amplio espacio que media entre uno y otro ¿en qué punto situamos a nuestro Francés? Yo soy incapaz de ubicarlo con precisión: se me mueve todo el tiempo. Llegas a verlo como un chulo de feria —de hipódromo, si es que los hay— cuando le ensucia el sombrero a Anita porque no le gusta (el sombrero), sientes que es un pobre hombre cuando vacila sobre si llamar o no al marido de Marta después de la muerte de ésta. Es un cobarde que huye y es un valiente que al final se enfrente con el marido. Un ser repugnante hasta la nausea que deja a un niño de dos años encerrado con su madre muerta, y un ser compasivo y de buen corazón que le deja la televisión encendida para que se entretenga y un plato de comida para cuando tenga hambre. Es decir: que no capto a Víctor Francés. Que no veo la línea de puntos que orienta su conducta. Que no me parece una persona de carne y hueso. Que no me parece un personaje consistente. Una marioneta sí, pero una marioneta movida por su autor, que en un momento dado le condena a contaminarse con la miseria de la prostitución y en otro le recompensa haciéndole conocer a el Único en su majestuosa morada. Veo demasiado los hilos, veo la mano del autor que le lleva de un lado a otro, y este fallo técnico arruina la credibilidad del personaje y la novela.
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Queen Guinevere
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26/04/2001 09:56
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Re: El Drama de Víctor |
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Admirado Dar,
Al igual que los incultos son inconscientes de su falta de conocimientos Víctor es incapaz de desprenderse de su enorme bagaje cultural y refinamiento intelectual. Conoce la vulgaridad sólo por referencias, no tiene impresiones vitales de ella.
Víctor es víctima de su propia erudición, de su educación refinada, de su mente analítica en exceso. El hábito de la reflexión se ha instalado de una manera tan preponderante en su mente que ha desplazado por completo al sentimiento o la pasión.
Y en Víctor Francés hay mucho de Javier Marías y bastante de Marcel Proust. Es el llanto del niño de padres intelectuales, del adolescente interno en colegios elitistas, del muchacho que sólo conoce a las clases populares a través del servicio doméstico. Cuando este personaje crece, armado de lecturas, conocimientos, clase, señorío, finura y elegancia se enfrenta a un mundo vulgar y agresivo, a un cuerpo con apetitos groseros y unos seres humanos sedientos de afectividad. Víctor no puede reaccionar, es ajeno a la realidad, no está preparado para vivir y su obsesión por aprehender la vida es el verdadero tema de la novela. Tal como Proust buscaba el tiempo perdido a través de obsesiones continuas, la obsesiones de los personajes de Marías son su particular catarsis de artista.
Yo creo Aglaia, que deberías perdonar a Víctor su total falta de emoción, su única emoción es no tenerla ¿no es la carencia más intensa que la posesión? .
Queenie
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Re: "MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ": Impresiones generales |
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Apreciados co-comentaristas DAR y Aglaia:
De verdad, de verdad que me está encantando este debate. Sobre todo porque detecto en vosotros (¿ustedes, sería mejor, Aglaia?) pasión, pasión literaria, que es lo mejor que se puede tener en un día como el que acabamos de pasar, el Día del Libro.
A DAR quiero decirle que precisamente la novela está en perfecta sintonía con el existencialismo heideggeriano: si por algo sufre el personaje es porque sabe que está condenado a muerte, si así no fuera no estaría todo el rato dándole vueltas a la cabeza sobre el tiempo pasado, sobre lo que ya no es y sólo subsiste mientras que esté en nuestro recuerdo. ¿Qué no aporta nada nuevo? Hombre, precisamente yo creo que avisa de la generalización de un modelo de conducta pleno de nihilismo y egocentrismo que, en mi opinión, cada día se difunde más por esta sociedad de nuestros pecados. En cuanto a si entretiene o no esta novela, esa es una apreciación muy personal y que legítimamente puede no ser considerada; a mí ha habido momentos en que me ha encantado y en otros me ha cansado un tanto. Novela estupenda, magnífica. Pues no, sólo distinta y eso para mí es un dato a su favor.
Aglaia, te veo especialmente preocupada por lo que consideras falta de verosimilitud en los comportamientos de los personajes. Textualmente dices: “¿qué mujer recibe a su amante, en una primera cita, con la casa impecable y el lecho revuelto?. Es absurdo, irreal...”. Yo te diré que otra mujer como él: insegura, perdida, engañada y adúltera habitual... Pero, perdona, creo que este no es el debate, porque pienso que lo importante es la reflexión que la muerte de Marta genera en Víctor Francés. Desde luego en lo que discrepo plenamente es en la motivación que crees ver en las acciones de Víctor Francés, la defensa de “su respetable fachada de honesto ciudadano”. Para mí este ser es un bohemio elitista que vive al margen de los convencionalismos sociales, no tanto como su amigo Ruibérriz de Torres, pero de su misma cuerda; Víctor se define a sí mismo como un negro literario que hace guiones televisivos que nadie ve y otros firman, es un hombre en la sombra y como tal se mueve en la novela. Es un maniático como Javier Marías, del que es referente y del que toma todas las características e ideas.: Soltero, traductor, ¿negro?, maniático, raro, etc. Pero insisto, Aglaia, el comportamiento no me parece inverosímil; raro, puede, pero no imposible. Además, ¿no crees que el territorio de la narración debe abrirse a estos comportamientos poco habituales y no a los ya sabidos y conocidos por todos?
Por último quisiera llamar vuestra atención sobre la importancia de las otras narraciones que aparecen en el relato: las dos películas que se pasaban la noche de autos (podría decirse así, muy televisivo, ¿no?) por la tele: Campanadas a medianoche y ese fragmento de la película antigua de Fred McMurray y Bárbara Stanwich. Creo que forman parte de este mundo en fragmentación en que vivimos y la narración shakespeariana de los Lancaster y Falstaff sirve de espejo de la de los personajes que se encuentran al otro lado del televisor. Este cruce de relatos a distinto nivel es dato muy importante en éste (y en muchos otros; me permito recordaros la importancia que en la novela de Juan Goytisolo “La saga de los Marx” tiene el entrecruce de niveles narrativos, siendo uno de ellos el relato televisivo). En el debate de Metaficción está más desarrollada esta cuestión.
Si la novela sólo la analizamos desde su adecuación a la realidad habitual o si sólo buscamos di-vertirnos del mundo diario puede ser que no agrade. Yo creo que la di-versión que podemos encontrar en “Mañana...” se esconde especialmente en esa trama estructural que J. Marías poco a poco y con mimbres mundanos (seres sin relevancia, anodinos pese a los cargos que algunos ostentan) construye.
Saludos cordiales y que viva la discrepancia; si no, esto sería un páramo.
Lancory
PD. Que conste que no me siento atacado por vuestras bien argumentadas y trabadas razones. Lo que ocurre es que quiero imponerme disciplina intentando rebatir vuestros argumentos o aportar nuevas luces sobre la novela. A propósito, me encantaría que apareciese algún fanático de J. Marías (¡que los hay!) por el debate.
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Re: "MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ": Impresiones generales |
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Hola:
Veo que a Aglaia no le ha gustado mucho la novela. Es cierto que J. Marías no deja indiferentes a sus lectores, sino que levanta pasiones de uno y otro signo. Yo participo de las opiniones de Aglaia en gran medida, en especial cuando conviene en el oficio mostrado por el escritor observable en la estructura de corte circular dada a la narración. Pero discrepo en su crítica a esas descripciones minimalistas, porque entiendo que contribuyen a esa sensación de inestabilidad e inseguridad en que el autor desea situarnos a los personajes (en especial a Víctor Francés) que sólo se sienten 'vivos' merced a esos objetos mínimos. Se pensará lo que se quiera sobre esto pero desde siempre al ser humano le ha hecho reflexionar su evanescencia frente a los objetos sin ningún valor. Sigo pensando que MELBPEM se sitúa en la órbita de las novelas de ideas más que en la de las de acción. En este sentido los personajes que aparecen en ella son seres que no hacen, que sufren la vida más que la viven y que, por eso, precisamente por eso, su acción principal es intentar comprenderse a sí mismos y a los que les rodea. Son seres inmaduros e inseguros que viven en un mundo fragmentado, lo que les exige recomponer continuamente su existencia. Pero, Aglaia, ¿no observas a tu alrededor a personas que -y te cito textualmente- se dejan "arrastrar por la inercia de los sucesos... sin voluntad, sin afectos, sin sentimientos, sin llanto y sin risas... Frío[s] hasta el fondo de los huesos"? ¿Y no crees que J. Marías no hace más que reflejar este tipo de seres en este relato?
Queenie, estoy contigo en la gran calidad literaria de la novela de Marías. Sí y también en su gran extensión. Pienso con casi todos sus lectores que algunas páginas están de más. Pero también es verdad que hay páginas de la obra que pueden perfectamente ser leídas desgajadas del contexto: son reflexiones atemporales que dada su excelente prosa se disfruta leyéndolas. Al menos a mí me ha pasado, disfrutar del placer de leer sabiendo que no aumentaba en nada la información narrativa. Y me gustaría preguntaros, ¿este placer lector con escasa información añadida lo consideráis virtud o defecto en un relato?
Ahora mismito acabo de leer las primeras impresiones de DAR. Me han encantado. Y no porque exprese -sin tanta crudeza como dice- que la novela no le ha gustado, sino por lo bien que lo dice. Yo también, amigo DAR, leo fundamentalmente por placer, y también a mí me supone un esfuerzo suplementario y una demora en el inicio de otra lectura la reflexión sobre la que acabo de finalizar, pero cuando se debate se encuentra uno con opiniones como la tuya y todo se da por bien empleado. Como he dicho más arriba a mí no me ha disgustado, pero sí, a veces, la he encontrado tediosa; aunque también he encontrado amables y divertidas ciertas situaciones, en especial la de la recepción palaciega. También me encanta la preocupación por las palabras demostrada por Marías. Pero, ¿puede una novela sobrevivir con eso sólo? Yo creo que no; y creo que esta novela es merecedora de una buena calificación por presentar una interpretación válida del estar en el mundo de cierto tipo de seres humanos (esos que ha descrito Aglaia). Esa interpretación es la que he mostrado en las intervenciones que he efectuado en este foro.
Lancory
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Reimpresiones algo largas... |
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No se trata, en principio, de delimitar entre las ideas y la acción, de establecer líneas que marginan. Todo relato contiene – o debería contener – ambas en proporciones establecidas a juicio del autor. Ésta que nos ocupa me recuerda a Camus, a “El extranjero”, para ser completamente exacta. Una novela cuyo protagonista -salvando todas las distancias que deben ser salvadas- posee ciertas concomitancias con Víctor Francés, ciertos pequeños paralelismos en su manera de ver, de aceptar que la vida es como es y que son los sucesos y no los hombres quienes la encaminan o desencaminan. El personaje de Camus –cuyo nombre no recuerdo en este momento y, en verdad, me da pereza subir hasta la azotea a buscar la novela- acepta, como Francés, las malas jugadas que el destino le presenta, las asume como propias sin cuestionamiento alguno, sin reacomodo de detalles, sin dolor y sin amor. Así son y así se toman. Sin embargo, él no repite hasta el cansancio -como Francés- “yo no lo busqué, yo no lo quise” en un querer decir “acaso hubiera deseado que las cosas sucedieran de otra manera pero, puesto que así pasaron, ¿por qué tuvieron que pasarme a mí?”. El personaje de Camus ni siquiera interioriza los hechos, simplemente se acopla a ellos como lapa y deja que la corriente lo arrastre hacia el más extremo de los determinismos, aquel que prescinde incluso de la causalidad de los hechos que, por tanto, han de seguirse sin distorsión alguna anulando absolutamente azar y contingencia. Víctor Francés, por el contrario, vive en una perpetua remembranza de los sucesos. Se deja arrastrar por la inercia de los acontecimientos, no desea cambiarlos pero... ¡ay de los acontecimientos que osen trastocar su respetable fachada de honesto ciudadano! Por eso su insistencia en retomar una y otra vez hasta el agotamiento la memoria en busca de exculpación, de asidero moral que el permita convencerse a sí mismo –y supongo que a los lectores- de que él fue sólo un títere de aciagas circunstancias y que, por ello, está exento hasta de la pena que podría provocarle la muerte de su casi amante. Por eso la deja morir y prescinde de la culpa que tal hecho debiera causarle. Por eso se entretiene en una , más acuciosa que minuciosa, descripción de los objetos que rodean a Marta, pera evitar pensar que se le está muriendo y que esa muerte le vale, le resbala y, además, lo aburre hasta el cansancio. Y su descripción “minimalista” no conlleva, a mi entender, “sensación de inestabilidad o inseguridad” en el personaje; de tedio sí. Piensa, entonces, en libros que respiran, faldas que revolotean, vasos sin lavar, medias... y lo hace de un modo tan artificioso, tan forzado, que me resulta imposible creerle porque, además, ¿qué mujer recibe a su amante, en una primera cita, con la casa impecable y el lecho revuelto?. Es absurdo, irreal... Como tampoco es decente comparar al cadáver con el solomillo irlandés de la cena –por más que el simil esté perfectamente ajustado- o probarse el salacot... En realidad todos estos detalles me hubieran encantado si, en algún momento a Francés se le hubiera alborotado la sangre y hubiera exclamado algo del tipo: “¡Pinche Marta, mira qué morirte ahorita! ¿Qué no podías haber esperado a mañana?” (y ya sé, ya sé, mexicana en exceso la frase pero... me entienden ¿no?) Ni furia siquiera...nada...abulia absoluta si exceptuamos esa respetable preocupación por el qué dirán si acaso llega a saberse que él, el muy decente, y prudente y convencional y monótono señor Francés, era el acompañante de esa mujer que tuvo el mal gusto no sólo de morirse sino, además, de hacerlo con al ropa desarreglada. ¡Mala onda Marta, de verdad que sí! Y, más tarde, cuando escucha la historia de Deán – la peor parte de la novela en mi opinión, por deshilvanada y fuera de contexto- “Ahora tendré que recordar también ese nombre, del que ni siquiera conozco el rostro: Eva García Valle”. Como queriendo decir “Nomás eso me faltaba, que ahora tenga yo que cargar culpas ajenas”. Demasiado cómodo para mi gusto, demasiado apático, demasiado informe... Al menos, el personaje de Camus era consistente consigo mismo y su destino, Francés es sólo falsamente moralista que es lo peor que puede ser un hombre. Y sí, Lancory, sé de personas inmaduras, inconscientes, inestables que se dejan arrastrar por la inercia de los sucesos pero, incluso ellas, demuestran de vez en cuando una pizca de vida, un deseo de algo ajeno a su propio reflejo, una chispa de calidez o de odio... Básicamente, lo que me disgusta de este texto es el hecho de que me ha resultado completamente plano. No me ha emocionado en ningún sentido: Ni gusto ni disgusto. Si al menos hubiera estado mal escrita podría yo haberme entretenido en encontrar barbaridades sintácticas o incoherencias léxicas pero ni eso. Marías es un escritor de oficio, un excelente obrero de las letras pese a ciertos coqueteos con las ambigüedades sintácticas –al igual que Dar leí la primera frase, y el primer párrafo también, media docena de veces- No puedo, por tanto, afirmar que la novela es mala, o imperfecta, o asumir que sea defectuosa formalmente. No lo es. Ocurre, sencillamente, que a mí, su contenido, no me dice nada, no me provoca nada, no me enseña nada salvo un ejercicio de disciplina como los que hacía en al escuela cuando tenía que leer el “Amadís” o “La Araucana” . Lorca hubiera dicho, es decir, parafraseando a Lorca, yo digo que el falta duende, o ángel, o inspiración... o qué se yo lo que le falte, pero le falta ese algo que me engancha en otros textos hasta perder el sueño y el apetito y las ganas de trabajar. Y eso, “el placer lector con escasa información añadida” es prueba de virtuosismo literario sólo que , por más que yo lo intento, no logro encontrarlo en Marías como lo encuentro en cualquier digresión de Cela o de Asturias, por ejemplo. Hay una novela chiquitita de éste último, “Hombres de maíz”, que me provoca exactamente la sensación que describes el placer de la palabra por la palabra en sí misma, independientemente de su significado, una cierta ... ¿cómo decirlo?...lubricidad de saberme dominada, poseída por la lectura, de perderme en las letras... En cambio con “Mañana...” casi he tenido que encadenar las líneas a los ojos, o los ojos a las líneas... No sé... Creo que ya me parezco yo al personaje de Marías porque, en realidad, podría haber sintetizado todo este rollo con una frase simple: ni me dice nada lo que cuenta la novela, ni me dice nada el modo en que lo cuenta. Y eso, después de más de 400 páginas, es lastimoso hasta las lágrimas. Ojalá y la próxima sea más de mi gusto.
Cariños casi de lunes que son fastidiosos cariños Aglaia
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Queen Guinevere
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26/04/2001 10:48
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Catarsis versus épica |
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Una periodista feminista preguntó en cierta ocasión a Kate O’Bien si iba a escribir sus memorias -¿para qué?- contestó la irlandesa – Si ya he escrito novela.
Con ello quiero decir a Dar que justifico plenamente el monólogo autoobsesivo como una opción literaria sumamente válida. No me parece adecuado el término “narcisista” que utilizas para calificar ese tipo de ficción literaria, yo más bien le llamaría “catártica”.
Disiento también de tu afirmación , Aglaia, de que en narrativa debe existir una equilibrada proporción de acción y reflexión. Creo que no hay normas en ese sentido. Más bien me inclino por clasificar la buena literatura en épica (la que describe hechos con la suficiente calidad para convertirlos en un microcosmos coherente y estructurado) y catártica. En esta incluyo aquellas obras que reflejan el estado de ánimo de un autor, son las que en mayor grado otorgan a la literatura su calidad de arte, no deben ser necesariamente líricas pero sí intimistas. A este tipo de novela debemos acercarnos desde otra perspectiva , parecida a cuando escuchamos música o nos extasiamos ante un cuadro.
Yo incluyo a Javier Marías entre los grandes escritores catárticos del siglo XX. Para mí James Joyce es el primero y su obra es obsesiva, y reiterativa, su único tema es Irlanda y su influencia sobre él mismo a todos los niveles. El segundo es Proust , cada una de las siete novelas que componen EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO refleja una obsesión, Swann, Odette, La princesa Germantes, los ciclistas, las reuniones sociales, son obsesiones catárticas repetidas hasta la saciedad. De sobras es conocida la cita de que una magdalena es capaz de evocar más recuerdos en Proust que el caso Dreyfuss (como dice Lancory a Francés le acerca más a la realidad el cordón del zapato de Téllez que el acto sociohigiénico del entierro de su hija). La obsesisión de Faulkner por el condado de Yoknapatawpha llega a transmitir a sus lector@s las pasiones del sur como un fuego abrasador. No conozco la obra de Kafka, pero dicen que su expresionismo produce el mismo efecto literario. Finalmente quiero equiparar a Marías a Kazuo Ishiguro, un autor anglo-nipón que se está imponiendo como una de las plumas más relevantes de nuestro tiempo, también los monólogos obsesivos son su especialidad.
Al igual que Dar respeta la sensibilidad literaria de quienes, como Lancory y yo, gustamos de este tipo de ficción, justifico también la aversión que puede producir a sensibilidades quizás más comprometidas ideológicamente o con un sistema de valores muy definido, pues admito que este tipo de autor suele ser políticamente ambiguo y esto a veces molesta.
Queenie
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Impresiones particulares: el narcisismo |
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A efectos de la subsiguiente argumentación consideraré que existen dos tipos de novelas: las orientadas al lector y las orientadas al autor. Una novela orientada al lector es un artefacto diseñado y manufacturado con la vista puesta en el efecto que la utilización de dicho artefacto causará en sus usuarios. La ergonomía es aquí un concepto fundamental, mientras que la calidad de los materiales es sólo secundaria. Los decorados podrán ser de cartón-piedra, pero los movimientos de cámara estarán estudiados cuidadosamente para que el lector los lea como escenarios naturales. El autor pone en pie una ficción que pretende antes que nada que interese a los lectores, y para ello que los intrigue, conmueva, emocione, sobresalte, excite... Toda una panoplia de estrategias, técnicas e incluso trucos del oficio es conocida desde hace mucho tiempo para alcanzar dicho objetivo, y cada escritor utiliza algunas de esas armas con mayor o menor maestría y con mejor o peor gusto. Incluso los verdaderamente geniales son capaces de inventar nuevos mecanismos para atraer al lector, para estrechar la relación entre el lector y la novela. Una novela orientada al autor es un vehículo que su creador utiliza para exhibir su inteligencia y su ingenio. Partiendo de la base de que sus reflexiones son intrínsecamente interesantes (“Hablemos de un tema interesante, por ejemplo de mí” —dicen que decía uno de nuestros autores en las tertulias estudiantiles) el autor descuida cualquier otro aspecto a la hora de escribir, y específicamente se despreocupa de la comodidad del lector. Convencido de que la materia prima que ofrece es de primera calidad, no cree necesario condimentarla excesivamente. El autor urde una ficción, naturalmente, de lo contrario no existiría la novela, pero a la postre dicha ficción se convierte en un pretexto para que el autor nos obsequie con sus reflexiones sobre lo divino y lo humano, sobre la vida y la muerte. La narración en primera persona es el punto de vista en el que el autor de una de estas novelas se siente más confortable. Y en tanto que una novela orientada al autor es una novela narcisista, lo más fácil y lo más habitual es que esa voz que mediatiza la relación entre el lector y la historia corresponda a un protagonista que tenga mucho en común con el propio autor: sexo, edad, formación, medio social, aficiones. Lógicamente la profesión más usual para el protagonista-narrador de una novela orientada al autor es alguna que tenga relación con la literatura. El paradigma de novela orientada al autor sería aquella en la que el protagonista es el propio autor con nombres y apellidos, y explica situaciones que realmente ha vivido y describe personas que realmente ha conocido. Es decir, el ideal de la novela orientada al autor es la autobiografía, y uno puede preguntarse a qué se debe ese empeño de algunos autores por escribir novelas en vez de volúmenes de sus memorias. Y uno puede responderse con mayor o menor maldad: quizás su vida real no tenga un gran interés, quizás hay aspectos esenciales de su vida real que quiere ocultar, quizás cree sinceramente estar inventado a otra persona y no es consciente de que esa persona es una proyección de sí mismo en el espacio literario. Pero todo esto no pueden ser más que especulaciones. La anterior clasificación es artificial, como todas las clasificaciones, y excesivamente simplificadora, como todas las clasificaciones dicotómicas. En la vida real las novelas de carne y hueso tienen su tanto de orientación al lector y su cuánto de orientación al autor. Mi objetivo al exponerla era simplemente argumentar una opinión sobre la novela que estamos comentando: que es una novela narcisista. Marías elabora una trama ingeniosa y trabajada, pero a la hora de ponerla sobre el papel se complace mucho más en escribir sus propias reflexiones por la mano interpuesta de Víctor Francés que en desarrollarla de forma que resulte agradable de leer. Evidentemente la novela posee las características que anteriormente he indicado como propias de una novela orientada al autor (no es por casualidad, sino porque he desarrollado la teoría justamente para que lleve a esta conclusión). El protagonista-narrador es varón, aproximadamente de la generación de Marías y se gana la vida escribiendo. Se llama Víctor Francés, pero más apropiadamente debería llamarse Víctor Inglés puesto que su formación y su trasfondo cultural son claramente anglófonos, como parece que sucede con su alter-ego Marías. Y todos ellos (Francés/Inglés y Marías) incurren abundantemente en el vicio más característico de los autores narcisistas, que es citarse a sí mismos. Hay también un aspecto que Aglaia ha citado en su comentario, que es una cierta inconsistencia narrativa en los detalles. Es un descuido incomprensible en un autor tan meticuloso, pero que resulta más fácil de entender a la luz de la clasificación entre novelas orientadas al lector/orientadas al autor: el descuido por la consistencia de los detalles no sería sino un aspecto más del descuido por la comodidad del lector que es propio del segundo tipo de novelas. El autor narcisista se preocupa sólo (o principalmente) de que los detalles encajen con el flujo de su pensamiento, y no de que encajen los unos con los otros para componer una imagen que resulte verosímil al lector. No envidio el oficio del escritor narcisista, de cuya mano todo el tiempo tiran fuerzas en direcciones diferentes, a veces incluso en sentidos opuestos. No puede hacer avanzar la narración llevado simplemente por las asociaciones de ideas que se van gestando en su fecundo intelecto, sino que una y otra vez se ve restringido y coartado por una trama y unos personajes que le plantan cara con todo descaro, pese a que él es su creador. Cuando le vendría bien que un personaje se comportase de una determinada manera para ejemplificar una idea ingeniosa que se le acaba de ocurrir, se encuentra con que ese personaje tiene una personalidad que resulta incompatible con esa forma de comportamiento. Es lógico que de vez en cuando se conceda desahogos momentáneos, aunque sea en detrimento de la consistencia narrativa. Mucho más fácil lo tiene el creador de novelas orientadas al lector, puesto que sirve a un único dios y sólo en él tiene que pensar y sólo hacia él tiene que dirigir sus esfuerzos. Mi más sincero agradecimiento al lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, aunque esté en absoluto desacuerdo conmigo. Soy consciente de que el tono de este comentario no es el habitual en este tipo de tertulia, pero, sinceramente, no he pretendido más que racionalizar una sensación desagradable que he tenido durante toda la novela, la sensación de estar leyendo la obra de un narcisista. Es una sensación, y no existe ningún medio adecuado para transmitir sensaciones, pero por lo menos al racionalizarlas pueden convertirse en objeto de discusión.
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Re: "MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ": Impresiones generales |
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Antes de empezar con mi comentario quiero dejar claro que soy todo lo contrario de un lector profesional. Más bien me considero un lector hedonista, alguien que lee porque se lo pasa bien y en tanto que se lo pasa bien. Al participar en este club de lecturas me fuerzo a hacer algo que me resulta antinatural, como es leer por obligación, aunque sea por una obligación voluntariamente asumida. Lo hago en la confianza de que los beneficios compensarán el esfuerzo, porque la satisfacción que me produce comentar mis impresiones con lectores atentos e inteligentes es superior al sacrificio que supone leer de vez en cuando obras que no me gustan. Pero lo que no puedo evitar es que en mi opinión sobre una novela pese decisivamente ese factor totalmente subjetivo que es el placer (o disgusto) que me produce su lectura. Lo primero que tengo que decir sobre “Mañana en la batalla...” es que la he leído estrictamente por obligación. Si no hubiera mediado ningún tipo de compromiso la habría abandonado a las pocas páginas, como de hecho hice tiempo atrás con otra novela de Javier Marías. Me ha resultado pesada desde el principio. Desde la primera frase, que releí una buena cantidad de veces por si se me escapaba algo, algún matiz o sentido no demasiado evidente. Porque de entrada la frase me pareció pretenciosa, innecesariamente complicada en su estructura y escasamente clara en su significado. La frase de quien pretende disimular la nimiedad del mensaje camuflándolo en una construcción que parece sugerir más de lo que realmente dice. No afirmo que ésta sea la intención de Marías, sólo afirmo que es la impresión que a mí me produce. Luego me acostumbré a esa forma rebuscada de decir las cosas y dejó de llamarme la atención. Y me acostumbré también a leer las mismas ideas, que se repiten profusamente a lo largo de la novela sin que esas repeticiones añadan nada nuevo, y sin que, al menos en mi caso, acaben por hacerse más atractivas. Ni siquiera más ciertas. Por ejemplo, no es cierto, por muchas veces que se diga, que se recuerdan más o durante más tiempo los nombres de las personas que sus caras. Hice el ejercicio de tratar de recordar a mis compañeros de colegio y en algunas ocasiones me venían a la mente nombres sin cara y en otras caras sin nombre. Pero aunque fuera cierto, ¿qué más da? Tal vez Marías teje con esta idea una metafísica sutil que he sido incapaz de percibir. Si fuera así, agradecería a quien la haya captado que me dé alguna clave para acceder a ella. Lenta, pesada y reiterativa. Pesada por lenta y reiterativa, seguramente. Partiendo de una situación que despierta por lo menos la curiosidad del lector, que abre multitud de caminos en su imaginación, Marías es capaz de enfriarla a base de estirar las escenas rellenándolas de reflexiones y disgresiones cuyo interés no compensa, en mi opinión, el tiempo invertido en leerlas. La trama se demora interminablemente, y cuando surge alguna novedad en el horizonte, cuando aparece un personaje nuevo, por ejemplo, el lector (este lector) se desespera al pensar en cuántas páginas tendrá que recorrer todavía antes de enterarse de lo que pasa. Páginas prescindibles en su mayor parte. Muchas veces mientras leía la novela, y después, cuando reflexionaba para escribir mis comentarios, establecí comparaciones entre esta novela y la anterior que se leyó en este club, “El último encuentro”. En aquella hay mucha menos acción, menos sorpresas, los personajes son más lejanos en el espacio y en el tiempo. La narración se sostiene en una acción mínima y una abundantísima reflexión. Y sin embargo, ¡qué diferencia entre leer una y leer la otra! Cada página de “El último encuentro” aporta su buena dosis de placer estético y de jugueteo intelectual, y los escasas sorpresas argumentales proporcionan una satisfacción suplementaria. En “Mañana en la batalla...” cada página reitera muchas de las ideas ya expuestas, e incluso repite textualmente algunas frases (me llamó la atención la frase “negra espalda del tiempo” la primera vez que la leí, como título de otra de las novelas de Marías, pero he acabado harto de ella después de leerla tantas veces aquí), de forma que ni es valiosa por sí misma ni por su aportación al desarrollo del argumento. Me siento obligado a indicar algún aspecto positivo. Los hay, por supuesto. Algunas de las reflexiones son ingeniosas. Todo lo que tiene que ver con el personaje del “Llanero” está muy logrado, y muy especialmente la puesta en escena de la entrevista palaciega: ese fragmento sí que merece la pena leerse. E incluso debería sentir, ya que no simpatía, por lo menos empatía con un autor que encuentra en el lenguaje el mismo tipo de placer que yo, porque una de las frases que le gusta repetir es una de las que a mí más me gusta repetir: “me voy a ir yendo”. Tres tiempos distintos y un solo verbo verdadero. En fin, que sí, que la novela tiene aspectos positivos. Pero... en un porcentaje demasiado bajo. Ya se sabe que un millón de monos tecleando durante un millón de años serían capaces de escribir “El Quijote”. Pero sería demasiado aburrido leer toda su producción para entresacar esa joya. La comparación es ofensiva, porque Marías no es un mono sino un autor inteligente, culto, y con un gran dominio del lenguaje, y por tanto es capaz de crear cosas interesantes en sólo 450 páginas. Pero a mí, personalmente, como lector que sólo busca el placer, me supone un esfuerzo excesivo recorrerme todas esas páginas para entresacar un poco de bisutería. Por último, y aunque lo considero innecesario, quiero disculparme explícitamente por si he expresado mis opiniones de forma demasiado cruda y algún lector fiel de Marías llega a sentirse ofendido. Respeto a Marías y mucho más a quienes disfrutan con su lectura. Si yo no sintonizo con Marías quien tiene un problema no es él, evidentemente, sino yo. Aunque no sea ése el problema que me quita el sueño.
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Impresiones. |
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Cerré la novela, suspiré y -de pronto- se me vino a la cabeza un nombre: Bertolucci. Y se preguntarán ustedes qué cosa habré bebido yo para establecer tan extraña asociación. Sucede que la impresión que me produjo la lectura de “Mañana en la batalla...” es exactamente la misma que me provocó “El cielo protector”, el multipremiado y alabado film de Bertolucci. Aquella vez, cuando salí del cine, pensé: “Seguramente tenía stock de película pasada de fecha y, para no despilfarrar, filmó la arena y otra vez la arena y la arena de nuevo”. Ahora, leyendo a Marías, me pregunto yo si a este buen señor la editorial le pagará por página escrita. Porque, para mi gusto, lo más notorio del texto es que de las 412 páginas de que consta le sobran 350. Puede que exagere y hubiera bastado con eliminar 300. En todo caso, la encuentro excesiva y, eso, la convierte en tediosa –por utilizar un término suave- Desde mi punto de vista se trata de una novela absolutamente plana, que inicia de un modo más o menos sugestivo y termina bien deshilvanada con una historia así como sacada de la manga –la de Eva/Deán- carente de todo sentido. Bien está eso de los paralelismos, abrir y cerrar con una mujer muerta, pero hubiera estado mejor de haber intentado, el autor, terminar con coherencia en vez de apresuramiento, como si de repente le ganaran las prisas. Por lo demás, convengo en que la estética circular –tan de moda en estos tiempos- es una estructura narrativa que, bien manejada, consigue resultados interesantes. Y no es que Marías no lo haga bien, conoce el oficio –sin duda- y posee una técnica impecable. Pese a todo muchas son las cosas que se me descuadran en sus páginas, pequeños detalles que me desconciertan y me distraen la lectura: el hecho de que el cuarto de Marta parezca chiquero cuando previamente se ha demostrado que es una mujer ordenada que, además, cuenta con una asistenta diaria; o el alfiler del sombrero de ésta; o que un niño de dos años recuerde el nombre y el rostro de un adulto al que sólo ha visto una vez, hace tiempo, casi dormido... Mínimos matices que no deberían reflejarse en una novela basada en la descripción, y en la descripción prolija, de todo lo que conforma el personaje principal y los distintos ambientes que recorre. Personaje, por cierto, que encuentro detestable arropado en su determinismo trasnochado, tan obsesionado consigo mismo que deja desmoronarse al mundo a su alrededor sin mover un dedo. Todo está bien mientras él no tenga que esforzarse en cambiar nada. Él no “no busca” nada porque las cosas así son y ¿para que va a intentar moverlas a riesgo de que su anodina y bien ordenada existencia se tambalee tantito? Si Marías le hubiese otorgado un cierto cinismo al menos... pero ni eso... plano, muerto desde la primera página hasta la última, dejándose arrastrar por la inercia de los sucesos... sin voluntad, sin afectos, sin sentimientos, sin llanto y sin risas... Frío hasta el fondo de los huesos como fría es la prosa de Marías, correcta y absolutamente congelada en su perfección y sus círculos primorosos, trazados para impresionar a su público con una novela impresionantemente larga cuya lectura impresiona, básicamente, por no haber impresionado. Es decir, no sé si supe explicar que no me gustó. Cariños tempraneros. Aglaia.
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Queen Guinevere
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20/04/2001 22:38
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Re: "MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ": Impresiones generales |
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Ante todo quiero agradecer a Lancory que una vez más haya hecho alarde de una erudición literaria más que notable y que además la haya expresado con su nitidez habitual.
Como observa Lancory y Francés repite continuamente durante toda la novela el estado de "haunted" (que yo traduciría como "hechizado por una obsesión")es el que conforma todo el ambiente de la obra. Es el monólogo de un ser incapaz de aprehender el mundo que le rodea de una manera global. Necesita esmerarse en los detalles, en los nombres, en las señales y en las memorias. Pero todos sus indicios son recortados, Víctor nunca consigue integrarse en el escenario de una manera real. Por ello lo analiza todo, trata de explicar cualquier hecho y sobre todo la cadena de acciones que supone deberían sucederse.
Ve trozos de película, partes aisladas de los cuerpos de las mujeres que desea, ángulos de las calles por donde pasa... Analiza recuerdos e indicios, prueba, experimenta y es incapaz de sentir. Víctor es una marioneta de la memoria de sí mismo y como tal no puede establecer relaciones afectivas con nada ni con nadie.
Pero Víctor no es el único, todos los personajes de MELBPEM mantienen el mismo tipo de relaciones utilitarias y cosificadores. Todos utilizan la parte o el aspecto de los demás que les interesa y no muestran una aceptación global del otro como persona. (Creo que sería interesante analizar un poco más cada uno de los personajes)
Marías consigue una atmósfera agobiante de gran calidad literaria que, por desgracia, se ve aminorada por una extensión excesiva en la que la constante repetición de los mismos párrafos no consigue el efecto literario necesario para mantener la tensión argumental.
Continuaremos debatiendo Queenie
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Re: "MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ": Impresiones generales |
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Hola a todos y a todas:
"Mañana en la batalla piensa en mí" es una novela más de ideas que de acción. Penetra, a mi entender, en el ámbito de la filosofía y dentro de ésta más bien en el de la ontología por lo que toca al concepto de ‘ser’ que es lo que en gran medida se dilucida en el relato. Si bien el protagonista y el resto de personajes son seres en potencia, su existencia se refleja en actos y éstos se concretan en nimiedades que son las que, en definitiva, conforman la realidad (el día a día) de la existencia. “Vi que a Juan Téllez se le había desatado el cordón de un zapato, y él no se había dado cuenta”, observa Víctor Francés en el cementerio cuando se está procediendo al enterramiento de la hija de éste, Marta Téllez. ¿Qué es más revelador en la existencia de un ser humano: el acto socio-higiénico del enterramiento o el cotidiano, individual, práctico y necesario de anudarse los zapatos? Pienso que Javier Marías se decanta por este último con lo que nos presenta a unos seres aparentemente poco implicados emocionalmente. ¿Acierta o se equivoca? Este sí puede ser un buen tema de debate. ¡Ánimo!
Varios temas son los que conforman este relato: el tiempo, la memoria, el arte de contar, la metaficción, el engaño, el significado de las palabras...
Dentro de este epígrafe de “IMPRESIONES GENERALES” voy a tratar el del tiempo, la memoria y el del engaño, dejando para los otros dos el resto.
EL TIEMPO: La historia que se cuenta transcurre en unos treinta días y tiene unas vueltas atrás que no superan en lo esencial los dos años (episodio con la prostituta en los aledaños de Cuzco). Este tiempo externo que a todos nos envuelve no es, sin embargo, sentido igual por cada uno de nosotros. Y es aquí donde entra el asunto esencial de esta novela de Marías: la limitación de cada individuo al, pese a habitar el mismo tiempo, estar en la ignorancia de algo, producida ésta de manera azarosa y no culpàble debido a las limitaciones consustanciales al ser humano. Además de lo anterior en el relato se muestra la perplejidad del narrador ante lo que en varios momentos denomina “negra espalda del tiempo” (precisamente uno de los títulos de sus novelas, que yo aún no he leido), esto es, la conversión de lo real en materia de relato, en pasado, en inexistente...
LA MEMORIA: Sólo ésta es capaz de salvarnos de nuestra disolución. La desaparición de Marta Téllez no es tal mientras que Víctor Francés, Luisa, su hermana, o el padre de ambas la rememoren. No es poco, por esto, el trabajo fundamental de la memoria. Cuando al final de la novela Eduardo Deán le cuenta a Víctor su aventura en Londres con su amante, la enfermera Eva García Valle, el narrador-protagonista se lamenta al oir este nombre por tener que memorizarlo a partir de entonces. Y es que si lo olvidara, este momento de conversación y los seres que han aparecido en el relato-conversacional desaparecerían en el momento del olvido [“Y ahora yo también tendré que recordar ese apellido junto a ese nombre”, pensé]. La memoria, pues, sirve para recoger esta negra espalda del tiempo y actualizarlo.
EL ENGAÑO: En la novela varios personajes viven en la doblez, en el engaño. De éstos, cuatro son los que destacan: · Marta Téllez, la muerta, que tiene un amante en secreto –Vicente, amigo de su marido- y que cuando habla con su marido que está en Londres en viaje de negocios le oculta la presencia en ese instante de un hombre en su casa. · Eduardo Deán: marido de la anterior y que oculta a ésta sus aventuras amorosas, en especial la que está sucediendo en el instante de la muerte de Marta: su viaje a Londres con Eva, su amante, para deshacerse de un enojoso y por él no sabido, inexistente, embarazo. · Eva: que finge ante su amante la existencia de un embarazo para así chantajearlo emocionalmente. El descubrimiento de su doblez le provocará, indirectamente, la muerte en aciago accidente circulatorio. · Víctor Francés: personaje-narrador que, al haber ocultado más tiempo del debido el suceso de la muerte natural de Marta, se sitúa en el origen de una serie de casualidades que quizás podrían haberse evitado de haber sido otro su comportamiento inicial. Con todo, es de los cuatro personajes el más sincero auque paradójicamente sea el que indirectamente más daños ocasiona.
Atmósfera ‘haunted’: Tanto los personajes con doblez como los que viven en el engaño sin saberlo (el padre de Marta, Luisa Téllez, la mujer de Vicente y otros) desarrollan sus existencias dentro de una especie de ‘encantamiento’, producido por los engaños que la memoria y el tiempo producen en la percepción de las cosas por el hombre. En especial Víctor Francés, el narrador-protagonista, es una especie de paranoico retrospectivo al crearse una realidad a su medida pero inexistente por pasada al estar situada en la ‘negra espalada del tiempo’. Él es quien más insiste en la idea de lo “feérico”, del hechizo o magia en que cree moverse desde que Marta Téllez murió en sus brazos.
Espero vuestras impresiones, generales o no. ¡Venga, ánimo y a seguir con la página!
Lancory
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Re: "MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ": Impresiones generales |
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Apreciado co-comentarista:
Ha sido un placer leer tus comentarios, tan llenos de agudeza y profundidad que a buen seguro me habrían incitado a leer la novela si no la hubiera leído ya. Habiéndola leído considero que son, en general, pertinentes, pero que componen una imagen de la novela demasiado favorable, que la sobrevaloran. Me parece exagerado decir que la novela penetra en la ontología y que en ella se dilucida el concepto de ser. Estoy de acuerdo en que trata sobre el tiempo y la memoria, pero las aportaciones que hace en estos dos temas son de tan escasa entidad que no puede aspirar a considerarse la ilustración de una determinada ontología. El tiempo y la memoria son juguetes de infinitos usos, una fuente inagotable de paradojas y perplejidad. Y estoy de acuerdo con Marías en que es muy desagradable la situación de quien vive durante un tiempo, segundos, días o años, desconociendo un acontecimiento que le haría comportarse de manera totalmente diferente si supiera que ha sucedido. La vida está llena de esas situaciones, por desgracia: desde el delantero que corre enloquecido hacia su campo haciendo cabriolas y volantines para celebrar la consecución de un gol que a su espalda (negra o blanca) el árbitro ha anulado en el instante anterior, hasta aquellos soldados japoneses que durante años permanecieron ocultos en remotas islas del pacífico para defender el imperio del sol naciente mientras en su país todos los esfuerzos se concentraban en inundar de transistores el mundo occidental. ¿Expresan estas situaciones un rasgo distintivo y esencial de la condición humana? Hombre, expresan una limitación, eso nadie puede negarlo. Pero lo realmente dramático es morirse, o que se muera tu mujer, o tu amante, o que se muera cualquier persona a tu lado, incluso un desconocido. Metidos en ontología considero mucho más acertada la definición de Heidegger de que el hombre es “el ser que sabe que va a morir”. Eso sí que es un intento de dilucidar el concepto de ser en relación con la muerte. Pero, claro, Heidegger era filósofo, y al ofrecer esa definición estaba simplemente cumpliendo con su obligación profesional. En cambio un novelista debería, por lo menos, resultar entretenido. Si además nos descubre verdades esenciales tanto mejor, pero siempre de acuerdo con el principio de “instruir deleitando”. Esta novela proporciona, en mi opinión, escasa instrucción, pero lo peor es que proporciona también escaso deleite. Completamente de acuerdo en que Marías presenta unos seres poco implicados emocionalmente, sobre todo el narrador-protagonista, y que éste parece vivir una existencia totalmente desestructurada en la que abrocharse los cordones de los zapatos es un acontecimiento al mismo nivel que ser testigo de la muerte súbita de la mujer con la que iba a hacer el amor. Es así, pero no es nuevo: ni es un hallazgo de Marías ni lo presenta de una forma particularmente novedosa o interesante. Víctor Francés será muchas cosas pero para mí es, esencialmente, un ser aburrido.
Saludos ocasionalmente discrepantes pero permanentemente afectuosos.
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